EL PURO DE LAS AZORES (Yo estuve allí) 

    

     Hoy es 8 de abril. Otra vez. Y ya van catorce desde aquel primero que nos heló la sangre. La historia se repite. La desazón también. Imposible no amanecer con Couso metido en el cerebro, minutar otra vez los últimos momentos juntos, plano a plano, o evitar la imagen exageradamente nítida de su última cerveza en el bar. 

 —Ricardo, pon la penúltima y que sea un tercio, que estos son unos maricones. 

     Pero el orden se equivocó. Sería la última. Aunque sobre esa mesa también estaban todos los detalles del viaje al milímetro, el plano de Bagdad en la cabeza, cada detalle de las orillas del río Tigris, eligiendo siempre la de los yankees, que era por lógica la más segura, los chalecos nuevos con altillo para el cuello que te dan sensación de cobijo,  —el miedo entra por el cuello decía… 

     Estaba todo controlado, pero no todo se puede controlar. Siempre hay riesgos. Y de entre los millones de ellos que se me ocurren y que Couso contempló, nunca existió este. Ser un testigo sin refugio en el sitio asignado para ello. Representar el objetivo para el fuego “amigo”.  Y serlo. Morir asesinado.

     Tras las cañas, subimos a la redacción y otra vez subió él. 

—No te ibas, pesado?

De respuesta, su sonrisa.

—Nos vemos, me voy a la guerra, os llamo. 

     Después otros dos besos, más palmadas, más abrazos. Su espalda, su chupa azul alejándose, chocando palmas en su recorrido por las mesas a la gente:

—Adiós.

—tío, ten cuidado…

     No dudo que fue así. Cuidaba y se cuidaba. Sabía a donde iba.

     Y nos llamó, más hiel en los labios cuando José Manuel recordaba aquellas conversaciones. Para remate la conexión con Angels, aquella pequeña entrevista que vimos una y mil veces, porque un cámara nunca sale y menos habla y menos presiente. Era la crónica de una guerra esperada y preparada, todo tan previsible y a la vez tan anormal…

     Su último viaje, su última ilusión. Mientras él esperaba la guerra en Bagdad, en una base militar a kilómetros de allí se celebraba su puesta de largo. La guerra se vistió de egos, se comprometió con mentiras e hizo oídos sordos al clamor internacional que la rechazaba. 

     La barbarie se preparó solemnemente. Una cumbre, unas firmas, una foto. 

     Las Azores. Yo estuve allí. Era 16 de marzo de 2003.  

     Aquel día en las Azores todavía me parecía que jugaban al Risk los de la foto. Era la inconsciencia de lo que se supone lejano. A todos los gráficos nos recluyeron en un hangar, al lado de la pista donde se hizo la famosa foto de los flequillos al viento, de las sonrisas desmesuradas, de los encantados de haber nacido que posaban para que el mundo les rindiera pleitesía. Allí pasamos unas horas, comentando los despliegues de cada medio, —¿quién está en Irak? ¿Cuándo se fueron? ¿Están juntos? ¿Habrá relevos? ¿Jordania? ¿Kuwait? 

     Después, la rueda de prensa conjunta al otro lado de la isla, bien cuidada su seguridad, un filtro al salir, otro repaso antes de subir a los autocares, un sinfín de controles, de escáneres y de seguridad americana. Militares que nos miraron hasta los dientes, pero en ningún momento a la cara. Luego, palabras y más fotos. Satisfacción al más alto nivel. Los salvadores del mundo. Y la prensa mundial allí para certificarlo.

  
     Volvimos al avión del presidente de España. Cuando ya habíamos ocupado nuestro asientos, Aznar se paseó por allí, saludando muy contento, se le notaba muy excitado. Lanzó una pregunta, muy campechano él:

—¿qué ha hecho el Bilbao?

     Se había quitado la americana, esa que parecía un uniforme. Ese detalle nos sirvió de chascarrillo durante la foto, pues exceptuando el portugués, los tres mosqueteros parecían haberse puesto de acuerdo en usar la gama del azul en sus trajes y corbatas. El primero que reaccionó aún tardó un rato en contestar. Nos había descolocado una pregunta tan desubicada de un momento que nosotros habíamos vivido como especial por el tamaño de la responsabilidad asumida. Pensábamos en la guerra…pero el Bilbao había ganado. 

—perfecto para el Madrid—  señaló feliz, mientras agitaba en el aire un inmenso puro. Un único comentario ante el silencio que se produjo a continuación de ese dato:

—¿a qué vienen esas caras?

     Más silencio. Todos incómodos. La solemnidad era nuestra. No empatizaba nada con su ánimo de chufla. Mi compañera Rosa rompió casi con un susurro el mutismo general.

—presidente, venimos de que se declare una guerra.

      Entonces Aznar, lejos de reducir su mueca, la amplió con una risotada de esas que utilizan los humorista para emularle, y en un envite más al cinismo concluyó: 

—no, mujer. Venimos de salvar la ONU. 

     Se alejó hacia su asiento, en la parte de delante del avión. Volvió el silencio. Cada uno se sumergió en su crónica. Y yo en un sueño profundo aún ajena a la pesadilla que acababa de echar a andar. Había sido un día muy largo.   

     Como conclusión, hostia en la cara. Con algunas cosas no se juega, los muertos son de verdad. Y a veces se salen de las estadísticas y tienen cara, tienen voz, tienen un montón de recuerdos compartidos que definitivamente ya nunca se podrán compartir. Era un amigo. Un compañero que debía celebrar conmigo los veintitantos años de profesión, de cortos, de guardias, de cenas. Que debería estar viendo crecer a sus hijos. 

    Insoportable oír algunas cosas, sentir que le matan otra vez. Todo han sido palos en la rueda. 

  
      A Couso le asesinaron. Y a Couso hay que hacerle justicia. Nada más. Nada menos. 

     Por eso vuelvo a escribir aquí la carta que hicimos en el cuarto de cámaras para el informativo de aquella noche, cuando ya se trató de empañar lo que estaba y está claro y que aquella noche Angels leyó en pantalla. Y porque la volveríamos a escribir hoy otra vez.

“José Couso no era un intrépido ni un kamikaze. Ni buscaba fama o dinero. Y porque era una persona responsable con él mismo y con su trabajo, sólo quería estar allí y contarlo. Y con su cámara mostrarlo y ser los ojos de todos nosotros. Hoy es también nuestro corazón”