HOTEL SUECIA

      

     Supongo que nadie olvida su primer día de beca. Que mi primera salida fuera a una inmunda perrera ilegal y que al cámara al que acompañaba le picara una avispa en la mano, sólo se lo puedo achacar a la casualidad. En el camino, en mitad del atasco se presentó Murphy por primera vez en forma de compañero del hotel, el recepcionista de noche al que mi madre había llamado para decirle que yo estaba enferma. No sé qué pensaría ese compañero de mi repentino encogimiento en el asiento de atrás. Un rato después, y tras el ataque animal, no tuve más remedio que comprobar el recorrido de la adrenalina por mi cuerpo cuando tuve que coger la cámara. Nunca me pinché nada, pero debe ser algo parecido a esto. Me reventaban las venas de la emoción. Beti todavía no era una amiga y nuestra relación contenía mucho respeto pero ninguna confianza. Un perro sarnoso fue el protagonista del primer plano profesional de mi vida. A ese le siguieron muchos con distintos collares. No sabía yo entonces la de veces que me quedaban por encoger el cuerpo y el alma. Mi primer día en la profesión y ya me había escondido en el asiento de atrás de un coche. Toda una metáfora. Ver sin estar. Estar sin ser vista. Una línea imaginaria que es fácil olvidar y no conviene. Quizá una imagen un poco pillada que sólo alcanzo a entender yo.       

      Espoleadas por algún detalle, por alguna referencia, van saltando a mi cabeza algunas imágenes, situaciones y personas, recuerdos manoseados que, sin embargo, dependiendo del momento en el que lo hagan adquieren siempre una nueva dimensión. A veces pienso que tengo un sentido demasiado literario de la vida, tiendo a clasificar lo que observo bien como drama, bien como comedia. En cambio mi vida me la cuento a mi misma como una narración con su prólogo y sus capítulos, en continuo desarrollo, me gusta verlo así. Aunque sería incapaz de hablar de esta manera, pienso exactamente igual que escribo, con estas palabras “sin barrio”, pero luego el mismo mecanismo inconsciente que me evita decir palabrotas y domestica mi lenguaje en casa de mi suegra, me impide la expresión oral y es que el sentido del ridículo me mata. De esos años y los que sucedieron guardo una imagen muy nítida de “algunas personas mayores”. No mayores en años, aunque muchas lo fueran, sino en tamaño, en lo que supusieron para mí. A su lado, yo era realmente pequeña.
  
      Y como muchas otras veces mi cabeza rescata a Crisóstomo. Mientras escribo esto, en la tele contemplo, aunque no oigo, diversas concentraciones de estudiantes. Debería ser una asignatura más, la de situarte frente al mundo, en ese primer análisis radical que tienen los años. Recuerdo el mío, mi acaloramiento con la LODE, con los conciertos educativos, que era una entrega del sistema de hecho y no una subvención directa. Una criba más, una adulteración que justificaba la aparente selección natural que producía la sociedad de la manera más artificial y material de las posibles. Llegaba a trabajar a la Casa del Pueblo siempre dispuesta a liarla, en guerra continua, como si todos y cada uno de los afiliados tuviera concreta e íntegramente toda la culpa. O conmigo o contra mí. Entonces me iba a la biblioteca de jubilados de UGT donde un par de frases pausadas de su encargado Crisóstomo bastaban para sanarme, para tranquilizarme, para forzarme a hablar en calma, a su ritmo, con un verbo muy pensado, con la lentitud y la fuerza de las palabras llenas de contenido, con el afán de transmitir exactamente algo, de estar a su altura. Y empaparme de sus matices, porque para eso sirven los adjetivos, para acotar y vestir. Para escarbar, encontrar y diferenciar lo importante de lo anecdótico. Lo que pasa y lo que pesa. Porque no todo lo que parece lo mismo lo es.

     Crisóstomo era maestro en un pueblo de Guadalajara. Tras la guerra no pudo volver a ejercer. Pagó mucha cárcel por pensar, así lo decía él. Siempre estaba escribiendo con bolis de colores en líneas diminutas. Llenaba las hojas absolutamente, ni márgenes ni sangrías. Un bosque tupido de letras. Tintas fáciles de conseguir, ni azul ni negro. Y el papel, la divisa de la escritura, su aposento, aprovechado a tope. Literatura penitenciaria. Escribía minuciosamente todos sus recuerdos en un cuaderno repleto hasta los cantos, aprovechando todo el espacio y con bolígrafo rojo. Recuerdo su respuesta a mi pregunta de por qué lo hacía así, en letra tan pequeñita, tan apretada y en ese color, agachando sobre el cuaderno su corta vista que esforzaba con la ayuda de unas gafas a media nariz. Con el mismo tono de maestro con el que hablaba siempre, a mí y a cualquiera, eligiendo bien las palabras y siendo escueto, me dijo que la tinta roja era más fácil de conseguir de los funcionarios porque ellos no la querían. Y que el lapicero ya lo veía peor. Y que el papel había que aprovecharlo, así ocupaba menos. Y que a lo que te acostumbras se le llama costumbre y fueron muchos años en la cárcel. ¡Tantas respuestas a una sola pregunta! A veces , con cansancio y después de cualquier inquisición mía pues yo le acribillaba porque me encantaban las historias de la guerra, cortaba por lo sano y sentenciaba: “historiadores somos todos, solo hacía falta haber estado “allí”. Y de su mano me iba a las huelgas del 31, por ejemplo. O a las tierras de la colectividad durante la refriega. Las movilizaciones de los años sesenta, las que los jóvenes de aquella época reverenciábamos y por las que yo le preguntaba, le pillaron a contrapié. Ya era mayor para la calle. Se le había ido la vida entre celdas y cadenas de la metalurgia. Se sindicó estando jubilado. Y, allí, en la biblioteca del sindicato nos dio a todos su última lección. Escucharle fue un honor, en sus palabras tranquilas y su ausencia de rabia estaba su magistral revancha. El sosiego. A su cabeza nunca la detuvieron, al revés, la disciplina impuesta se la ejercitó. Para mí fueron las mejores clases de historia. Solo era un ejemplo, pero podría hablar de mucha gente así, llena de respuestas lógicas y de experiencias que han sabido transformar en equipaje y tienen ropa para cualquier inclemencia. Gente que realmente ha vivido la vida. Y que siempre ha tenido mi admiración.

  
        El concepto trabajo en mi casa suscitaba el máximo respeto. Tener un buen trabajo, “estar bien colocado” y sobre todo ser “trabajador”. Decir esto de alguien parecía una descripción definitiva, ya estaba dicho todo, era el éxito en la vida. Y yo siempre pensaba: Sí, trabajador pero también gilipollas o trabajador y explotado o trabajador y nada más, ¿Qué hará con el resto de las horas en las que no trabaja? ¿No es nada? Quizá me indignaba no serlo yo.

     Entre mis mayores había una especie de competición acerca de quién había comenzado a trabajar antes -todos en la infancia- y en condiciones más penosas. Era una subasta de sobremesa, de batallas de posguerra “mucho peor que la guerra”, de heridas de hambre y yo no comprendía ese extraño orgullo y esa resignación, no comprendía la elección del camino del trabajo, de la vida como Dios manda y no la de las barricadas y el coger lo que es mío, la tierra para el que la trabaja. Eran ignorantes pero sensatos, supervivientes puros con un exagerado sentido del honor que también plasmaban en el trabajo, y mucho amor propio que dignificaba cualquiera que este fuera.

      No dudé cuando mi hermana me ofreció la posibilidad de ir a trabajar al hotel. Camarera de pisos. No lo había oído en mi vida. Era un trabajo de “verdad” con contrato y todo, desconocido el sitio, la gente, la labor. Yo siempre había estado entre amigos. Pero no podía decir que no, sería capaz de poder con todo, yo era la única de la familia que había seguido estudiando, pero trabajar era entrar en el mundo real, ayudar en casa, ser independiente, estar más al “frente” de la casa de lo que ya lo estaba – ya vivíamos solas desde hacía cuatro años mi madre, mi tía y yo- tenía veintidós años y me parecía que seguir exclusivamente con la vida de estudiante que no me suponía ningún esfuerzo y trabajillos ligeros era un poco escandaloso. Quería un coche y quería un curso, el de realización. Se convirtió en el de reportero gráfico porque era más barato. Hoy pienso que hasta en eso tuve suerte.  

 
     Y fui emocionada y nerviosa, dispuesta a aprender y a sacar provecho de ese dinero que me permitiría acceder a algún curso de especialización de precios prohibitivos, que me avergonzaba siquiera sugerir a mi madre. Mi primera impresión en el hotel no pudo ser más lamentable, realmente me dieron ganas de pegar a alguien, de defenderme pues me sentí atacada desde el primer momento. Mi cabeza llamaba a mi madre, me sentía pequeña, quería admitir que no había necesidad de pasar por eso, que yo era de “libros” como me decía ella. La cruel vida laboral me saludó al más puro estilo surrealista, yo no veía la más mínima lógica en nada:

– Ponte esta bata.

– Me está muy grande.

– Da lo mismo, aquí no viene una a lucirse.

– ¿Cómo te llamas?

– Carmen.

– Aquí ya hay muchas cármenes, así que decide, o Menchu o Mamen.

     Uniformada como un payaso, con un nombre nuevo al que tardé en acostumbrarme y que me costó más de una bronca por no atender al escucharle y que aún hoy me huele a ambientador industrial pero al que también tengo un insólito cariño, Mamen comenzó a trabajar.

-Toma esta llave y esta planta es tuya.

     La décima planta, la más alta del hotel, donde estaban las habitaciones clásicas, aún pendientes de reformar. Muebles viejos y oscuros, llenos de llaves que adornaban cerraduras desencajadas de los que me llegué a aprender cada desconchón con la ayuda de la bayeta. Moqueta beige con pequeñas grecas naranjas a los lados, paralelas ya asimétricas de aguantar tantos pasos y tan distintos, llena de hendiduras que soldaban en su sitio a cada mueble, pista perfecta para mí cuando tocaba limpieza general y toda la habitación se ponía patas arriba. Rehacer el puzzle, encajar cada pata en su huella, recomponer con exactitud milimétrica tanto bártulo. Los colores oscuros de las plantas superiores contrastaban con las reformadas, llenas de azules y tonos pastel, nuevas y de aspecto limpio, cosa que nunca conseguí en mi palomar. Si acaso la habitación 1001, por la que siempre empezaba y nunca lograba terminar en los días de temporada baja, cuando la desmembraba. El cachondeo de Mamen y la 1001… cuántas risas. Estará más limpia que una patena decían con un choteo recurrente. Aquel piso ya había dado todo su brillo. Nadie hubiera podido hacer más. A cambio tenía unas vistas insuperables de Madrid y sus tejados, de sus chimeneas que yo daba vida con el humo de mi cigarro. Respirar Madrid. ,Qué buenos aquellos ratos!

  
     

     Pero aquellos días de junio no sabía por dónde empezar, la soledad del office, la angustia de ver imposible acabar el trabajo, yo, tan lista, “la estudiante” -esa característica corría por el hotel como si fuera lo nunca visto entre las camareras, una extravagancia- la “granate” porque me pasaba de roja, estaba perdida. Reconozco que descubrí a la vez las dos caras del mundo laboral, la más zafia pero también la más humana. Las compañeras me ayudaron y me protegieron desde el primer momento, les caí en gracia y fui una especie de mascota para muchas de ellas, la hija que no tuvieron, un punto de vista original en aquella vida tan plana, donde al otro día era vuelta a empezar, donde ellas y yo sabíamos que yo estaba de paso. Pero también noté un inmenso respeto por mí que vi crecer día a día. Me sentí entre ellas muy cómoda y esta relación invirtió la balanza e hizo que la experiencia valiera la pena y facilitó mi asimilación, me enseñaron mucho del hotel y de la vida. 

     Al poco tiempo mi objetivo era no quedarme allí sin saber por qué, como les había pasado a muchas de ellas que al principio también llegaron de paso y se les iban acumulando los años y las razones y ya ni siquiera pensaban que otros mundos también eran posibles. Vi a más de una jubilarse. Tampoco quería abandonar, no quería verme derrotada por la realidad, todo menos rendirse. Después de todas las historias que había oído me parecía que debía dar la talla, tan sobrada de teorías desde muy joven. Era una obrera y debía saber vivir como tal, me encantaba esa palabra y ese concepto, tenía algo de romántico, tanto como el saludo diario de mi compañera Manoli, una troskista que tuvo a sus cuatro hijos durante su emigración a Alemania y tenía armas de la guerra enterradas en su pueblo “porque nunca se sabe” y cuya arenga matutina revolvía más de un estómago pero que a mi me fascinaba y convertí con los días y la confianza en un grito de guerra compartido:

– ¡Hola, obreras¡ Un día más dispuestas a que os engañen, pues que sea en el dinero y en el trabajo pero no en los derechos…

     Un puño cerrado completaba la dramatización.

  

     La admiración por mi madre y por mi tía aumentó, consciente de la dureza de sus vidas, y suponiendo que este trabajo hubiera sido un juego para ellas. Para mí no lo era. Sobre todo al comienzo fue una auténtica pesadilla pues me acompañaba la angustia hasta los sueños, en los que hacía camas sin cesar y nunca conseguía acabar todas las de mi planta. Soñaba un día sí y otro también con la gobernanta, una jefa berlanguiana a ratos y mala persona siempre. Con el tiempo he pensado que en realidad era la soledad hecha carne. Bloqueaba una habitación, se encerraba allí con un plato de jamón y algo más que hubiera pedido a la cocina y medio acababa con el mini bar. Luego hacía la ronda, la de no dejar a nadie sin humillar. Nosotras la temíamos. 

     Pero nos mofábamos a escondidas, la imitábamos en aquellas quedadas a la una en punto en alguna habitación, donde veíamos “Cristal” todas juntas, aquella serie matinal que revolucionó a finales de los ochenta las pantallas, patética pero muy chévere para aquellos ratos, apenas media hora de asueto que nos cargaba las pilas y nos ponía al día, buen momento de confrontar sus amargas vidas, pues cada una de ellas daba para un relato y sería acusada de malévola la fantasía. Yo flipaba a diario, era un vivir cada día constante, un callejeros de antaño que me dejaba con la boca abierta. Después hacíamos habitaciones como churros, arrebatadas como posesas, todas para una y una para todas. Esa una solía ser yo, montones de veces llegaba a tiempo por ellas. Pero Maruja, la gobernanta, me buscaba y yo era fácil de encontrar. Le tocaba los galones que yo saliera antes por un examen en la facultad. Y a mí me dolía el mentón todos los días de apretarlo, de impotencia, de tragar. No era el trabajo ya, era el trato. Algo mucho peor de tolerar.

                

     Veía un mundo demasiado real de golpe, ya no había posguerra ni nada por el estilo pero las advertencias familiares no eran sólo palabras ni bravuconadas de “porque yo sé lo dura que es la vida”, lo era en verdad y este era un primer paso para saberlo. Aquí el mundo material se comía al resto, si tú no hacías nada por evitarlo. Mis prioridades o las suyas. Y siempre enfrente, la maldad con patas. Y con la sartén por el mango. La gobernanta. Y entonces me acordaba de Crisóstomo y comenzaba a contar hasta diez.

     Poco a poco conseguí dominarme y comprendí la importancia de controlar los tiempos y también a las personas. Y me llené de la bondad de Feli, de la alegría de la García, de la amistad de Mayka, de la serenidad de Celia, de la astucia de la Roa, de la decadencia de Milagros, de la admiración por Manoli. Comencé a plantar cara a los jefes, cambiando la ingenuidad por sutileza, algo desconocido para ellos tan seguros, tan sobrados. Me centré en ser “lista” con todas sus malas connotaciones, sólo desde dentro se puede minar el sistema. Y comencé a disfrutar. Hubo buenos momentos, me reí muchísimo y si vale la expresión, me sentí crecer. Pero no me conformé.

 
     Con el Estatuto de los Trabajadores en el bolsillo de la bata y muchas horas de darle vueltas, conseguimos cambiar los cuadrantes, rotar los domingos y librar dos días en vez de uno y dos horas a la semana. También nos empezaron a dar la comida. No teníamos derecho a Comité sindical, éramos menos de cincuenta en el hotel. Esos días, en las reuniones con el viejo de mantenimiento, el Sr Vázquez y un camarero del PCE, Tomás, más la trotskista y yo, todo parecía posible. Cuestión de pelear, decía yo. Llevaba meses, ellos más de veinte años.

  
     Me aprendí el convenio del sector, pateamos todos los sindicatos y buscamos el mayor número de ejemplos posibles del funcionamiento de otros hoteles de Madrid, ellos controlaban ese micromundo. Valoramos cualquier opción y llenamos un montón de folios con gráficos de colores que más que fidelidad a los datos, reflejaban la evidencia. Era posible, era equilibrado e igualaba los derechos de todas las camareras, incluidas las novatas. Las antiguas cedieron sus prebendas, era la última carta de la dirección, el clásico divide y vencerás y eso también se lo arrebatamos. No pedíamos la luna. Una vez consensuado abajo, sólo quedaba subir a personal. Dárselo todo hecho. Los suecos escucharon y cedieron. Habían pasado meses, casi un año desde que empezamos a pensar que algo podía cambiar. Y cambió.

     Un par de semanas después me llamó EFE para la beca. Era un 20 de mayo. Indescriptible la sensación de los últimos días. Todo había dado la vuelta, el ser desvalido salió por la puerta grande a un sitio mejor o por lo menos que yo sentía más mío, más adecuado para mí, más natural. Puede sonar pedante pero se trata de ser sincera. Llevaba tantos meses como años tenía librando exclusivamente los martes. Eso ya a mis ojos era un crimen absoluto. Pero los días densos no me hacían tampoco renunciar a las noches largas. La sensación de cuerpo de escombro de los fines de semana, reptando entre las camas, pensando que de un momento a otro iba a sucumbir, era habitual pero aguantaba. Todas las tardes, después de comerme el táper que me preparaba mi madre, me iba a la facultad de tirón. Cierto es que muchos días no pasaba del bar, mis escasas fuerzas eran muy selectivas, sólo me interesaban ya las prácticas y en lo único en lo que me esmeraba era en algo fundamental, seguir relacionándome para no perder pie y de paso conseguir fotocopiar los apuntes de los hachas de la clase que no se perdían ni una. La fotocopiadora  junto con la biblioteca era nuestra internet.

  
     En ese momento ya conocía todos los trucos de ese trabajo, ya llegaba sobrada, como fuera, pero me seguía machacando físicamente y tenía que hacer un esfuerzo por dignificarlo día a día. Todos los trabajos son dignos en teoría pero si tú eres la que lo soporta lo de la dignidad es un concepto más relativo pues se apoya en cómo te sientes tú al desarrollarlo y yo me seguía sintiendo fatal, no me consolaba ni el día de pago, el único día en el que el objetivo se concretaba. Sólo lo superaba con los ratos clandestinos entre compañeras y en ese mundo de las relaciones es donde realmente avancé muchísimo, eso sí que fue la auténtica experiencia. Y eso fue lo que hoy pienso que llenó los dos años que hubo entre unos días y otros, entre la aprendiz de persona mayor que entró y la persona que ya era casi un referente para las demás cuando salió, referente que me ayudaron a crear ellas, que alimentaron y que hizo que me crecieran alas, que todo lo que pudiera hacer por ellas fuera poco, después de lo que ellas habían hecho por mí. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Mi “victoria” fue la suya. A los tres días de empezar la beca en EFE, el hotel no me renovó el contrato. Tardía venganza la suya. Y un motivo más para celebrar y regodearnos en la fiesta de despedida. Conseguí salir del hotel hacia otro futuro. Aunque ignoraba que iba a estar plagadito de ellos…

  
     La memoria se hace un caparazón de miserias sedimentadas. Y escoge sacar brillo al recuerdo rescatado, lo barniza de ternura o de épica, que no es la verdad ni lo pretende, pero sí lo que nos quedó de ella. A cada uno la suya. He visto y vivido cosas infinitamente peores después. Pero ya las esperaba. Se lustra lo que quedo atrás, lo superado. Porque lo que solo nos angustia al recordarlo, no pasó en realidad. Sigue en vigor. Es presente. Y el paso del tiempo, el hacerse mayor es vivir un presente multiplexado.

  
     Amanece mientras entro en Madrid. Apago las luces y saco las gafas de sol. Hoy el día es claro, ni rastro de las nubes de ayer. Tampoco hay atasco. Las noches son un milagro. Los días a veces también. Me cuesta situarme y no es el madrugón. Tampoco me molesta especialmente empezar el día en una cola de la administración, rehaciendo papeles, hoy también traspaso la frontera de la edad, “es el último día que tiene en la vida para revisar la cuota de autónomo, no de este ejercicio sino de su vida” me ha informado un dramático funcionario de la SS. Me ha hecho gracia, pocas veces sabes de algo que es la última oportunidad en la vida y el tono catastrófico y la cara de acelga del señor en cuestión me ha hecho pensar que quizá sea personal laboral contratado y vea moverse el suelo bajo sus pies. Por lo menos en lo mío no hay culpables, dioses omnipotentes, simplemente pasa la vida. Vuelvo al coche rumiando, con el baile de cifras todavía en la cabeza, convencida de mi elección y sin más vueltas que darle, porque es el último día, no hay marcha atrás, es la ley de plazos del aborto laboral. Ya en el coche tampoco pierdo los nervios cuando se rompe el asiento y se queda enganchado dejándome lejos el volante. No me inmuto, tiro como pueda y luego lo miro. Me tengo que estirar para manejarme bien pero hoy el cuello me ha dado una tregua. Y además, voy sobrada de tiempo. Aprovecho y atravieso Madrid.

     Corroboro algo que siempre he sabido pero que a ratos se me olvida. No hay problemas, no hay circunstancias, no hay entorno. Es una cuestión de actitud, de leer desde dentro hacia afuera y no buscar lo contrario, de optar sin que suponga una renuncia, de discriminar porque nunca nada es para tanto, pero tampoco tanto ha sido para nada.

     Soy mayor, pero mis ganas también lo son. Soy mayor y no pasa nada. Sigo siendo yo, son las estaciones las que pasan. Soy mayor y conmigo llevo todo lo encontrado. Pero la búsqueda sigue. Como los días y las noches. Además, no hay quien lo pare.

     Estoy de buen humor, “al trabajo se va siempre contenta y ya tienes la mitad hecho” que diría mi tía, que fue otra gran persona mayor. Cuando decía eso, yo automáticamente visualizaba los lemas que coronaban los portones de los campos de concentración nazi. Ahora lo entiendo, hablaba también de una actitud ante la vida, ésa que fue implacable con ella.

     Soy mayor pero todo está por aprender. Y no es incompatible. Igual es evidente pero yo prefiero llegar a lo obvio por los caminos retorcidos de mi cabeza. Soy mayor y ya me vale más a veces lo que me cuento que lo que me cuentan. Pero una vez me contaron mucho. Y fue cuando entré de becaria en la Agencia EFE. Pero eso es harina de otro costal. Y harina fina. Donde me rebocé toda. Y vi con mis ojos el milagro de los panes y los peces. El mundo se desplegó ante mi al subir esas escaleras y  la vida se multiplicó.

  

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