LA IDEA 

       Es mi primera noche en Atenas, hace un calor espantoso y no me puedo dormir. Además estoy nerviosa pero eso es siempre así. Lo es en cualquiera de los viajes de presidencia donde manda una agenda férrea que ciñe la información. Sota, caballo y rey. Si acaso algún detalle, algún contratiempo que menee la actualidad. Pero aquí nadie sabe qué va a pasar. Es un momento histórico, otro partido del siglo pero en un campo novedoso. Un sueño reportajearlo, contar una historia con principio y quizá sin fin. Contar algo y que se entienda. Otro reto express. Mirada rápida y corta. Y la mirada es mía. Un privilegio y una responsabilidad.      

     Me lío como siempre con las luces de la habitación. Nunca acierto a apagarlas a la primera. El recibidor o la absurda lamparilla me cuestan un par de incorporaciones. Esos tiempos muertos me angustian, son presagios del cansancio posterior que todos juntos me van a representar. Cualquier minuto cuenta. Me tumbo y no encuentro postura. Otra vez enciendo la tele y ahí siguen los tertulianos griegos desgañitándose. Pongo la BBC para ver si me entero de algo nuevo. Las imágenes ya me son familiares. Syntagma, los cajeros, las banderas. Actualizo twitter y me hago una lista temática para cuando pueda chupar wifi saber lo que va pasando. Me llega el primer mensaje del chat creado por los compañeros. Todo ayuda porque cualquier mirada es parcial. 

     Cierro los ojos. Y me repaso. Pienso planos, me hago recordatorios. Carmen, tienes que estar tranquila, mirar despacio que si no parece que haces fotos y son planos malogrados porque no colean, no se pueden montar. Tener paciencia. Guárdarte el genio. Solucionar, que los nervios bloquean. No fallar. Y, como no, mi obsesión, administrar el tiempo. El tiempo que me falta, el que me queda. El tiempo que pasó.

     Miro la hora y ya es 1 de julio también en España. Sigue siendo imposible dormir. Enciendo un cigarro pero no la luz. Abro las cortinas y las ventanas para que salga el humo y pongo el aire acondicionado a tope para que lo remueva bien. Ya no me importa su ruido molesto. Es entonces cuando me enredo a pensar.

     Y pienso en el calor que hacía esa misma noche de hace exactamente 25 años, mientras me probaba la ropa que llevaría al día siguiente para debutar como becaria en la Agencia EFE. La de vueltas desesperadas que le di al armario para acabar poniéndome lo de todos los días porque allí no había otra cosa. Me costó la decisión de no ir a trabajar al hotel donde era camarera de pisos. Yo siempre he sido muy legalista con ciertas cosas que había mamado y además necesitaba el dinero. Una súbita fiebre fue la excusa y creo que el mentir la hizo real. Tenía que probar aunque fuera incompatible con mi trabajo y tuviera muy pocas expectativas, limitadas por mi condición de mujer, algo insólito en esa época para ese sector. Para no perder de vista el contexto me basta con recordar que una de las primeras noticias que cubrí fue la entrada de una mujer bombera de Madrid en el parque de Getafe cuando solamente había otras dos en España. Y no estaba exenta de polémica. Se cuestionaba su capacidad. Así eran las cosas. Tardé sólo dos días en dejar el hotel.

     Si hace 25 años yo hubiera entrado de botones en un banco hoy me habrían regalado un reloj. Pero entré por la puerta de la agencia EFE, con la carta de la beca en la mano y el corazón en un puño. El verano en Madrid arrasaba, los vaqueros los llevaba tatuados. Como soy muy de sudar, mi principal preocupación eran las manchas de esa infame humedad que asomarían de un momento a otro en algún lugar de mi camiseta. no sólo debajo de los brazos, más fáciles de camuflar manteniéndolos bien pegados al cuerpo. El curso que dibujaban las gotas podía abarcar desde las costillas al cuello. La amenaza de su aparición era una vergüenza que en aquella época me perseguía durante toda la estación. Por eso me había secado meticulosamente todos los focos sospechosos. Por eso y porque llegué media hora antes según mi costumbre y mis nervios. Perderme era otra posibilidad que también había tenido en cuenta y dar la nota era lo menos apropiado para un primer día. 

    Los jurados de la pecera que custodiaban la entrada me indicaron el cuarto de cámaras donde debía esperar. Allí ya me dirían. No había nadie cuando entré. Tres enormes sofás negros de escay medio pelado rodeando a tres mesitas de cristal abarrotadas de periódicos y revistas. Al fondo presidiendo, la televisión. Me senté en un extremo del primer sofá a esperar. El chorro del aire acondicionado me estaba dejando pasmada y la carne de gallina había sustituido al sudor. En un lateral de la habitación había un mostrador y tras él se apreciaban un montón de fundas circulares de trípodes. Pensé que allí se guardaba el material pero antes de que me asomara a corroborarlo un murmullo lejano fue subiendo de tono y en un momento el cuarto se lleno de gente…

    Pero el camino hasta allí comenzó unos años antes, en la facultad de ciencias de la Información, donde entré unos días antes de que muriera mi padre, en octubre del 84. Él había regresado a casa desde el hospital para descansar definitivamente pues ya no había nada que hacer. El cáncer le había comido un pulmón. El 15 de noviembre murió.

    Ahora sí enciendo la luz. Miro a Beti, mi cámara, y su silueta le da cierta enjundia, es una sombra elegante que marca con detalle su objetivo y que nace del juego de haces de las lamparillas ilógicas que salpican la habitación y se encienden todas a la vez. Mi Beti. Cómo disfruto con ella. Automáticamente pienso: “soy una privilegiada”. Beti es mi pasaporte. Y mi padre su precursor, sin saberlo. O la razón en esencia de ser como soy. Con la distancia del tiempo que nos unió y de la vida. Nadie lo diría pero yo lo sé. Sólo que él escuchaba y yo aprendí a contar. Es lo mismo. 

   Beti no sabe nada del Puente de Vallecas que es de donde salí y mi padre menos de la Moncloa que es a donde llegué. Me parece un camino interesante para recorrer porque después de todo, de casi nada tengo opinión. Pero sí memoria. Y la uso siempre que necesito formármela. 

    Allí, en mi memoria, están todos los presidentes españoles de la democracia, cuatro presidentes norteamericanos, decenas de jefes de estado mundiales, desde Gorbachov a Putin, Arafat, Samir. Mandela, Gaddafi, Carlos de Inglaterra o Fidel Castro. En movimiento. A veces con palabras. Siempre con sensaciones. Pero también dirigentes de medio pelo y artistas varios. Cantantes flor de un día y artistas legendarios. Mineros, sindicalistas y mujeres maltratadas. Héroes por un día y mártires de por vida. Deportistas emergentes, de élite y en retirada. Incluso he sido testigo de todos esos momentos de algunas de las carreras deportivas mas míticas de mis tiempos. Usos y costumbres, enfermedades raras o rotundas y voluntarios universales a cualquier causa posible. Víctimas y verdugos. Pero sobretodo gente. De todo tipo. De todos los palos. Y a esa gente le pasan cosas. Buenas y malas. Venden más las malas. pero yo no me paro ahí. Porque instruye tanto la cloaca como el palacio. Somos mestizos y somos los buenos y los malos. La circunstancia de la que eso depende es la cuestión.

    Beti, si no te pongo en antecedentes nunca sabrás porque he dirigido de una manera determinada tu mirada. Pero tampoco lo sabré yo. Porque cuando voy contigo llevo conmigo muchas cosas que tú no conoces. Compartiremos eso también. Las razones. Las mil veces que este trabajo me deslumbró al enseñarme un mundo desconocido y muchas veces insospechado. Grabar y grabar para seguir contando. Grabar lágrimas y grabar risas y aun así seguir grabando. Porque no soy yo. No sólo. Mi mirada puede ser la única. Pero es la de muchos. Eso aprendí mientras grababa la ablación de Amel en Etiopía. De las veces que he sabido que esto que hago sirve para algo. 

    Papa, estudié. Quizá lo justo, pero pregunté y aprendí. Llevabas razón. Me podía torcer y no lo hice. Siempre hay un mínimo, unas normas de salida. Las busqué, las entendí y las respeté. Aposté por lo imposible y no lo era. Y me gané la vida con ello, o a pesar de ello. Me la gano aun hoy. Quizá tuve suerte pero también es cierto que no he parado de trabajar, que me he dejado la piel en ello. Que he sido feliz incluso cuando después de una intensa campaña electoral me ha sangrado el hombro. Que he sentido miedo, frío o hambre en días de infinito tedio. Voy a contarte cómo ha sido todo. Que el camino pasó por los Focos o la Casa Blanca. Que vi el mundo desde las alcantarillas de Madrid y desde un Airbus 380. Que llegué a ciudades tomadas por la seguridad de una cumbre o por aficionados de equipos de fútbol. Y que el sufrimiento ajeno que produce un atentado, un accidente o una mala decisión es imposible de esquivar, incluso desde el submundo del visor en blanco y negro. Y cuando llego a casa ese dolor está todavía allí. A menudo me gustaría sacudirlo, quitármelo de encima, pero no puedo. Porque no es trabajo, es vida.
 

     Política, países, personas, calles. Periodismo. Donde cabe cualquier cosa. Todo es susceptible de mostrarse y siempre habrá alguien que sume datos. Se trata de despejar cualquier incógnita, consciente de que son infinitas, que simplifique la ecuación humana. Y cada uno que resuelva la suya.

     Es un largo viaje el que me recorre zigzagueando caminos por dentro y por fuera, casi siempre a la par, en el que sigo inmersa. Avanzan en paralelo y son inseparables. Y nada habituales. Los días son una maraña pero es tirar de uno y los recuerdos se embalan en un orden caprichoso una vez abierta la espita. Es entonces cuando un chorro de imágenes recorre mi cabeza. El alcalde aquel, que dijo tal cosa, en aquel sitio que, en donde también estuve cuando y no se me olvidará cómo. Porque todo fluye constante, sin corte ni empalmes. Porque esto es la vida real. La escaleta de mi vida. Intentaré ajustar los tiempos como si de un único informativo se tratara. Porque quiero que Beti y mi padre se conozcan. Y el punto exacto donde lo puedo hacer posible es allí donde se cruzan mis recuerdos.

     Pero todo tiene un principio. Mi primer contacto con el periodismo se produjo en el soportal de la entrada de su facultad en la Complutense mientras aliviaba mi vejiga junto a varias amigas. Nunca había pisado la ciudad universitaria y nadie de mi familia materna había sido cliente suyo. Agachada bajo un muro de hormigón que servía de biombo frente a la mirada de riadas de personas que acudían al último mitin del PSOE de la campaña del 82, me abanicaban una legión de flequillos conformados por uniformes papelitos que pendían de folios y carteles con variadas ofertas. Los trasquilones de algunos elevaban su caché visual, se llevaban mi curiosidad íntegra. Desde alquilo habitación a busco colaborador en revista, una propuesta de viaje o una llamada de socorro de un corto a medio rodar. Conciertos, lecturas de poesía, teatro. Un paraíso para mi imaginación/marginación, de los que yo era una mezcla entonces a partes iguales. Me fui a escuchar a Tierno y a Felipe y a cantar “Hoy puede ser un gran día” a gritos con Serrat, zambulléndome de lleno en la catarsis colectiva con las optativas de futuro ya claras. Primero, Imagen. Segundo, Periodismo, tercero, Políticas. Cuarto, Sociología.

     Y, más o menos, eso es lo que he hecho en la vida…