EL TREN DE LA MEMORIA

  
     El silencio de la mañana es tan radical que convierte el choque de la cucharilla contra el cristal del vaso en un estruendo. Remuevo el café despacio, para evitar su ruptura, para no molestar el discreto canto de los pájaros lejanos, y cuando doy el primer sorbo, un ruido mate, una vibración extraña que parte del suelo, que sube de volumen pero es constante y lineal, me capta. Al cabo de unos segundos, igual que vino se fue. Y otra vez el silencio, los pájaros y la indiscreción de mi café. Creo que acaba de pasar un tren. Y en cuestión de segundos, a toda velocidad lo abordo. No es un tren, son muchos. Y alguno está parado definitivamente.

     Tren Madrid-Alicante. Octubre de 1956. Luna de miel. Cinco días de vacaciones. La primera salida de mi madre más allá de Guadalajara, donde pasó unos meses durante la guerra. Iba a ver el mar. Todo un día para ir y otro para volver. Una pequeña maleta, cuadrada, de cuero rígido, llena de ilusiones. Y también de un bañador de esos con faldilla hecho en la máquina de coser con un retal a estrenar. Y aún sobró tela para hacer un cojín. También contenía dos camisas nuevas de mi padre, parte de su ajuar y una falda de piqué, copiado el patrón de un escaparate, momento en el que mi madre añade “parece que la estoy viendo” y que de tanto oírlo, veo yo también. Su color crema suponía un dato nada banal, era una época de colores sufridos, representación visual del sufrimiento continuo como moneda de cambio. Una bolsa con bocadillos y cuatro noches en la pensión de un amigo de mi padre, compañero de la mili, de los que lavaba el coche de Franco en el Pardo a medias con él. En eso consistieron sus tres años de patriotismo. En eso y en comer, que no era poco.

     Un cambio de agujas mental me lleva a otros trenes. Ese primero que cogí, vacaciones de toda la familia, apartamento en Salou, el segundo veraneo sacado de las páginas del ABC, sofás a tope de primos, colchones por el suelo… En ese tren íbamos todos, ni teníamos ni cabíamos en un coche. Mucho calor y mi misión, que no le faltará agua en el plato al perro. Diez años, los más fáciles de camuflar entre tanta gente, la niña siempre a su bola, -ésta de hambre no se muere-. Buscavidas en edad y de condición. De la máquina a la cola, una y otra vez. 10 horas interminables pero muy interesantes, explorar sin descanso, nunca se necesita más.

      Luego hubo otros trenes, ese que me cogí en mis primeras vacaciones en EFE, en Marzo por decreto y corriendo a Chamartin, un billete en el Puerta del Sol y yo sola a París, implícita una huida, tiempos convulsos de noches blancas  y dudas, un salto cualitativo en la familia, de ser el último mono a la enviada especial, estandarte de las buenas relaciones entre derivas diferentes de la suerte de mis mayores en la vida. Licenciada y ya contratada en lo “mío”, empece a pagar el peaje de esa felicidad que da el conseguir meter la cabeza en el mundo que quería, primeros detalles de que la satisfacción laboral es sospechosa así como la independencia económica en un entorno de pensiones de viudedad, en un ambiente machista más que masculino y con un corazón de barrio. Saber que es difícil pero no imposible. No tener que justificarlo, que justificarme. Y demostrar lo justo y sólo a mi. El peaje sigue ahí pero los años han rebajado su montante. Puede ser casualidad pero ahora miro hacia atrás y claro que tuve algo que ver. Aunque nada más sea el ser capaz de proponérmelo. Más mérito le doy a ser madre, se ajusta más a lo común pero menos a mi. Tengo una vida ordenada a pesar de mi desorden vital. Sólo mis nervios, mis miedos, lo saben. La verdadera dificultad está en lo obvio, las evidencias son todo menos evidentes.

     Nunca hay que dar nada por hecho, eso es como parar el corazón. 

     Arranca de nuevo el tren y las vías penetran en mi memoria…

     En su recorrido confirman un camino llano y seguro. Parten de una estación y llegan a otra. Salvan ríos y evitan montañas. O las atraviesan. Y configuran una tela de araña que hace posible cualquier itinerario. Pero es que a veces cualquier itinerario vale. Lo único importante es partir. Y dejar atrás   

     Cuando ya has cruzado un mar, caminado miles de kilometros y atravesado pedregales y diluvios, los travesaños de las vías son la única tabla a la que agarrarse. Sólo hay que seguirlas. Eso es lo que vi al llegar a la frontera húngara. Miles de personas aferradas a una tabla. Exhaustas. Con los pies destrozados pero no más que sus miradas. Niños, ancianos, jóvenes, un mundo entero volcado en sus vías. 

     En esos días, los operarios húngaros se afanaban contrarreloj en terminar la valla de alambre cubierta de concertina barbada, las cuchillas crecían muchos metros cada día y ya se veía llegar el final. Sólo faltaba para rematar cerrar el tramo de la vía del tren que conecta con Serbia. Por ese hueco el chorro de gente era incesante. Nada más pasarlo, algunos voluntarios de ongs se convertían en sus angeles guardianes, con una manta, una botella de agua o una fila de zapatos donde elegir unos que pudieran suplir las bolsas de plástico que reventaban en sus pies. Curas de urgencia también a su esperanza. Cada etapa es un triunfo aunque sea efímero. Salvar el hoy es la posibilidad de tener un mañana. 

     Voy a obviar todas las mentiras de las autoridades, toda la vida que se desarrollaba tranquilamente a solo 10 kilometros de allí, todas las lágrimas que nos costo llevarlo sin perder la cordura. Incluso las columnas que los dividía según nacionalidad, de tal manera que no es lo mismo salir de una guerra que de otra en la lucha por la vida. No quiero perderme entre tanta falacia. Ni pensar qué ha sido de ellos un año después. 


   

 Cuando se corrió la voz de que los campamentos de refugiados eran en realidad centros de detención, las explanadas donde les acogían las ongs y les cogían los implacables agentes se quedaron vacías. Se esparcieron por los campos, entre la maleza y la ribera del río, y allí se deshicieron de pasaportes que les despojaban de sus derechos, de fotos de familia felices de otros tiempos, de un pasado en paz que los comprometía porque quizá no estaban lo suficientemente apaleados. Las mafias rapiñaban los últimos huesos. Y las separaciones familiares se consumaban en un intento de agilizar la huida, de facilitarla. En el horizonte, el sueño del reencuentro. Y de otra vida.


  

    En las ruinas de unas casas, entre el follaje agreste de un pequeño bosque, mientras buscábamos mafiosos, encontramos a un grupo de refugiados, como medio centenar, que llevaban unos días escondidos allí. Eran en su mayoría jóvenes y había muchos niños. Hablamos como pudimos con ellos, el lenguaje de las suplicas es internacional y un estudiante que manejaba el inglés nos contó sus peripecias. Eran sirios y las pocas fotos que conservaban en sus móviles destrozados insultaban nuestras cabezas. Imposible asimilar su relato frente a esa normalidad.

     Los niños miraban asombrados la cámara y tras unos segundos de duda, se dispusieron a posar, robándome el corazón con cada sonrisa y con cada paso de sus pies descalzos. Y de entre ellos, ella. 

     Tendría unos ocho o nueve años y cada vez que mi objetivo se fijaba en sus ojos oscuros, ella huía y se escondía con las mujeres tras la puerta o alguno de los muros de las ruinas. A nuestro encuentro habían salido los hombres, que superaron su azogue al ver que sólo éramos dos mujeres. Y en nuestro arma, la cámara, intuyeron una oportunidad para su salida. Mientras les dábamos palique y les animábamos a que nos contaran, no la perdí de vista. 

Terminamos de grabar con el compromiso de acercar en el coche a la ciudad a dos de ellos, que se podrían hacer pasar como parte de nuestro equipo, el traductor y su joven hermano, aun menor. 

Mientras comentábamos cómo lo haríamos para pasar desapercibidos, enseñándoles a llevar el trípode y la cámara y revisando su aspecto para occidentalizarlo lo más posible, la niña poco a poco se adelantó. La cámara ya estaba en el suelo y eso pareció darle seguridad para avanzar.  

     Llegó hasta mi y se situó a un lado, con las manos apoyadas en la boca, como si sujetara sus palabras, aunque su mirada ya le había delatado por la manera en que vagaba, solo fija cuando de una traducción se trataba. Yo sabía que no entendía nada de lo que allí se hablaba, pero también intuía en su actitud de espera que algo reclamaba. Así fue y de inmediato, en cuanto el círculo que había formado la conversación se comenzó a deshacer, una manita bajo veloz a la vez que yo me agachaba para coger la cámara y se soldó a mi mano un segundo antes de que la alcanzara. Su tacto ralentizó mi movimiento y la sorpresa me enderezo de nuevo y me hizo mirarla. Posó en mí su otra mano a la vez que yo en ella mi mirada, envolví sus manos en las mías y le ofrecí una sonrisa. Respondió con otra que duró un instante y yo volví a bajar mi expresión fracasada con la urgencia de encontrar un hilo que consiguiera fijarla. Sin darme tiempo a hacerlo, ella comenzó a agitar el nudo que ya formaban nuestras extremidades para buscar mi atención. Cuando lo consiguió, desenredó sus dedos de los míos suavemente y con una mirada imantada colocó despacio ambas palmas juntas debajo de su barbilla en unos segundos eternos, abanicando con sus párpados la plegaria mientras de sus labios escapó un susurro casi imperceptible -water, please-. En el acto me noté toda entera inundada. 

     Agua y comida. No era algo nuevo sino más bien una súplica constante, una sed interminable que ahogaba nuestras emociones pero a la vez las motorizaba. Gente despojada pero viva. Gente normal. Pero es que existe otra qué no coma ni beba? El concepto normal está en continua revisión en todos los lugares de la tierra. eso es lo primero que hay que saber. Y admitir, para quitarse el impermeable. E intentar entender. Y nunca conseguirlo. Y por eso, seguir.

     No llevaba nada encima y ya el tiempo apremiaba. Era peligroso continuar allí, nuestra presencia era una amenaza para su seguridad, y la perspectiva de sacar a dos nos había puesto nerviosas. Mientras mi compañera ultimaba los detalles de la expedición, yo buscaba agobiada una respuesta para la niña. No la encontré. No podía calmar su sed. Pero mentí, aunque en ese momento aún no lo sabía. En cuanto pueda te traeré agua, luego, más tarde o mañana. Se lo dije con vehemencia, insistiendo en cada palabra, gestualizando con énfasis hasta que su sonrisa me contestó. Luego le abracé, le comí a besos mientras sus grititos se mezclaban con el resto de risotadas y conseguí liberarme de sus manos que seguían buscando las mías. Con una cogí la cámara y se la entregué al hermano mayor. Con la otra me fui saludando y tirando besos, mientras que renovaba mi compromiso. La niña entre los niños asentía feliz. Al llegar al coche y arrancar deprisa, aparté de mi cabeza la promesa, a otra cosa, mariposa. Prioridades, llegar, dejarles, montar, emitir. No parar. Pero después siempre llega la noche. Y la evidencia. Yo le había mentido. Era una promesa rota. 

     Al día siguiente ya teníamos tarea por delante pero aún sabiendo de la dificultad, les comenté a mis compañeras en el desayuno que había prometido llevarle agua a una niña. Ibamos a brujulear por esa franja, continuábamos con las mafias que hacen su agosto particular con los refugiados, rapiñándoles sus últimas reservas. Con impunidad absoluta. 
     Como ya habíamos peinado la zona y no convenía que reconocieran nuestro coche, lo primero que hicimos fue cambiarlo en la empresa de alquiler. Se notaba al primer vistazo que las circunstancias iban cambiando sutilmente y lo que días atrás eran riadas de refugiados plagando las cunetas, ya eran sólo sombras entre los árboles. Nadie quería dejar su huella en Hungría y menos pasar por un campo de refugiados de futuro incierto. Sólo pensaban en su paraíso particular, la meta de su viaje y de su futuro. Y se llamaba Alemania. Fue otra mañana de trasiego, de detalles, de gritar “press” a través de la valla, a ver si alguna sombra se animaba a acercarse. De replicar “police” cuando veíamos que estos se acercaban, que no fuera por nuestra culpa, pensaba, mientras dentro de mi poco a poco el agua y la niña se alejaban. Su sitio lo ocupaban Amed y sus amigos, o una familia con más críos que brazos para portarlos, crío sobre crío, o una silla de ruedas que machacaba cada travesaño de la vía tanto como los brazos del exhausto joven que la empujaba.

     Decidimos tomarnos unos minutos después de comer para descansar y organizar un poco las ideas. A mi de nuevo me pasó la misma por la cabeza, coger el coche, llenarlo de agua y acercársela, pero el realismo de Pilar, mi compañera, apaciguó mis ansias. No sólo era peligroso para ellos y nosotras, también era probable que fuera una apuesta estéril, pues la oscuridad de la noche con suerte les habría alejado de la frontera hacia el interior. Era lo más apropiado y me consoló pensar que eso es lo que había pasado. 


     

En unos segundos todo se precipitó y el cierre de frontera anunciado para las doce de la noche comenzó alrededor de las cuatro, cuando una máquina de tren taponó las vías y le hizo el trabajo final a la valla. El paso estaba cerrado y la autopista humana era ya una vía muerta. Las lágrimas desesperadas de las familias que no llegaron a tiempo hubieran bastado para dar de beber a toda la humanidad de haber sido agua. Ni siquiera ya me entristecía, no me dejaba la indignación. Una línea imaginaria recién trazada marcaba la diferencia entre la vida y la nada. Y en el lado de la vida no te puedes permitir llorar. Sólo grabar y grabar intentando no dejar sin registrar nada. Me sentía responsable de la mirada. Y de intentar que las lágrimas cayeran también del otro lado, donde hay tantos trenes como estaciones, donde los pasajeros ni siquiera saben que lo son, donde los grifos se abren para quien no pide agua. 

     Dejo correr los campos en la ventanilla y quedan Alicante, Salou y Röszke atrás. El traqueteo mece el asiento y me hipnotiza. Mi mirada pasiva se deja hacer, juega a subir y bajar por los relieves, a extasiarse con la gama de verdes y amarillos, a perderse por los caminos, a inventar las vidas que encierra una casa cualquiera de esas que salpican el trayecto. Me gusta el tren. Su silencio, su confianza, su recorrido, el matiz distinto que da a los paisajes, sus ángulos insólitos y desconocidos, más para ojos hechos a la carretera, impregnados de movimientos constantes y caóticos. Su movimiento lineal y uniforme, sus inacabadas curvas, sus caminos alternativos, su apego a la tierra. La calma me hace entrecerrar los ojos, aunque no quiero, me gusta este duermevela, ya miro sin ver, ya solo me dejo acariciar los sentidos. Esos mismos que me pierden, que me acosan, que me animan a cerrarlos y soñar, a inventar nuevos caminos, los que quiera, en el constante viaje a ninguna parte que es la vida.

     Me abandono y me rindo. Cierro los ojos y me monto en la aventura, donde todo es posible, porque el caos es también un trayecto mágico e interminable y abarroto con las imágenes de mi cabeza las ventanillas. Coloco el andén a mi antojo. Es mi tren, fugaz aunque infinito y hago con él lo que quiero. Aunque a menudo me sienta su único pasajero. Pero ya sé que no lo soy. Sentada a mi lado ya irá siempre una niña.

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