LA CUARTA SILLA 


          Hace unos meses, una conversación con mi madre me enseñó un anzuelo perfecto que no dudé en tragar. 

          Mi madre vuelve del centro de mayores como los niños del colegio. Se le amontonan las anécdotas del día, salta a través de los detalles de unos compañeros a otros, llenándome la cabeza de nombres. Cuando protesto y digo que no le sigo, añade una coletilla a cada uno, dándoles un perfil y convirtiéndoles en personajes de su particular serie diaria, personajes con sinopsis a cuestas, con apellido de por vida. Así, está la que monta escándalos porqué sólo quiere agua y no quiere comer, la que odia al yerno, el que dice que sus hijos le quitan la pensión, el que baila en todos los saraos y hace poco que se quedó viudo o el matrimonio extremeño que no para de discutir.

          Y también Dora, viuda desde los treinta. Y Rafa, en el centro de día mientras su mujer se consume en el piso de arriba, en asistidos, absolutamente senil y prácticamente vegetal. Sube a verla y baja hecho polvo. Media hora de soledad, de meditación, de digestión diaria del amargo bocado, y luego, cuando ya consigue fijar en su cara una sonrisa, a saludar uno por uno a todos y una vez pasada revista, a jugar a las cartas con el puñado de compañeros que todavía se acuerda de qué era eso. Y a discutir como niños hasta la hora de comer. Entre tanto, el fisio del centro no ha parado, el médico también se ha dado un paseo por los pupitres donde algunas de las mujeres se afanan en colorear, buscando colgar su obra en la exposición de final de curso. La rivalidad es inmensa, algo salvaje, hasta se esconden las pinturas y se acusan unas a otras. -como en plástica!!! – exclama mi hija Lucía. Y su exclamación me sumerge en una densa tristeza.

          El sitio para comer es sagrado. Las mesas son de cuatro y la titularidad de las sillas es de carácter vitalicio con todo el rigor del término. Y también la crueldad.

          Mi madre comparte mantel con Martín, viejo muy guerrero que perdió su última batalla en la fiesta de fin de verano, que no le gustó nada, en la que se quedó con hambre y sintió la ofensa de la humanidad en pleno, prometiendo no volver a hablar y llevándolo a cabo a rajatabla, con el consiguiente regocijo del resto, que ya estaban hartos de sus continuos números y de su bronco tono de voz.

          La tercera silla de la mesa de mi madre es para Dora. Enviudó joven pero ya tenía labor para toda la vida. Lo viví todo junto, solía decir. Treshijosquesacaradelante hartitadetrabajar. Y así fue su vida, sin nada que pensar, sin tiempo que perder y cuando lo tuvo, no supo que hacer con él, siempre tan discreta. Tan discreta que no quiso molestar ni un solo día a sus hijos, cuando sintió que su casa ya no era su casa, ya no era su nido porque ya no había polluelos, sólo dos hombres hechos y derechos y una mujer en la que durante un segundo se reconoció, su hija, y comprendió que en sus manos estaba condenarla a su propia vida, llena de cuidados pero ni un minuto vivida. Y alentó su huida al tiempo que planeaba la suya. Gestionó de manera clandestina sus papeles y cuando su hija se marchó fuera a trabajar, -porque es una eminencia en lo suyo y se puede colocar en países por ahí, la ponen hasta casa!- dice con veneración mi madre, ella se busco la obligación del centro, la llamaron nada más abrirlo y ocupó rauda su plaza, y que sus hijos se entiendan solos, -que tienen ya una edad, y son seres desconocidos, herméticos, distantes, porque sin obligaciones no sé vivir, sabe usted, y la comida ya la he hecho muchos años y ahora ya nadie viene a comer- comentario/disculpa que acompaña su rubor al sentarse a mesa puesta, cuando toda la vida las ha servido.

          La cuarta silla es para Rafa. 

          Rafa parece un señor, es un señor. Tiene modales y viene de familia de postín. -No lo ha contado pero no hace falta, se ve-. Rafa, tan simpático, tan atento, tan educado. Rafa, hecho ternura cuando habla de su mujer. Rafa, que pone paz y después gloria, mucha gloria. Rafa, que ha conseguido que la hora de comer sea lo único que le importe a Dora, que marque sus días, que arruine sus fines de semana porque no está él. Y ella ya no se acordaba de la cantidad de cosas que se pueden sentir, esperar, soñar entre los vapores de un buen plato de sopa. Muy caliente para tardar mucho en comer. Para templar el cuerpo. Porque es lo que la pasa, que se templa, que me templo, mire usted. Todo esto le dijo a mi madre el otro día, cuando Rafa no fue, cuando se oyó por allí que estaba enfermo. Y después le confesó que su vida no tendría sentido si la cuarta silla acogía a otro comensal. Su angustia me angustió. Y atraqué a mi madre con preguntas. Rafa no había ido en toda la semana. Y Dora, que no preguntaba, siempre discreta, comía contemplando su silla vacía. -Menudo plan! Yo hablando tonterías por distraernos y ninguno dice ni mú. Esta semana hemos acabado todos los días los primeros y siempre hacíamos sobremesa. Desde el lunes no viene…-

          No sé en que momento mi cabeza empezó a ir más allá de sus palabras.

          Al principio del verano fui a la residencia con motivo de la fiesta de la familia. Me llevé a las niñas para satisfacción de mi madre, que no paró de exhibirlas. Leyre recuerda horrorizada ese día, la fijación de la abuela por presentarla a todos sus amigos, los besos húmedos de estos, su afán por agarrarla, sus comentarios… Lucía sin embargo, no ve el momento de volver a desplegar todos sus encantos en el cole de la abuela, donde fue reina por un día.

          Ese día conocí a Dora, que compartió mesa con nosotras en la barbacoa que hicieron en el jardín, y me llamó la atención la dulzura con la que hablaba a las niñas. La misma que mostraba a mi madre que, nerviosa, no paró de hablar en toda la comida, detallando hasta los detalles y buscando al final de cada explicación su asentimiento. 

          También recuerdo vagamente a Martín, más exáctamente el runrún desagradable de su voz, que asustó en la distancia a Lucia y dió pie a una primera y somera descripción de su carácter y sus manías. – Hay viejos muy pestes!- dijo mi madre, como de costumbre unas treinta mil veces, intentando esquivar su pertenencia a ese contexto, hablando desde fuera, convirtiéndose por arte de magia en alguien ajeno a la vejez.

          A Rafa no le vi. Comió en el pabellón de asistidos, donde reside su mujer. Comentaron lo mal que le sentaba el calor a su extenuado cuerpo, llenándole de heridas y la regularidad con que él comprobaba sus gasas, nada más llegar y antes de irse. -No te creas que no tiene bastante, verla así- 

          Al lunes siguiente, y después de sorprenderme varias veces durante el día pensando en Rafa, el único que no tiene rostro, e imaginando la angustia de Dora, llamé más pronto que de costumbre a mi madre, y, esperándome la peor de las respuestas, uní al saludo un qué sabes de Rafa? -Viene en un par de días, ha estado jorobao- contestó mi madre y cambió de tema con la misma facilidad que la réplica de un diputado o el capricho de un niño. 

          Incomprensiblemente su respuesta y su actitud me enfadó mucho. Colgué el teléfono y pensé qué bruta! 

          Luego comprendí que ella convive con esa posibilidad, que a diario ve sillas vacías y que cuando dice adiós, nunca sabe cuánto hay de verdad. Y tienen que ser niños de ochenta años para poderlo llevar. La importancia del momento, la vida es hoy.

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