EL PURO DE LAS AZORES (Yo estuve allí) 

    

     Hoy es 8 de abril. Otra vez. Y ya van catorce desde aquel primero que nos heló la sangre. La historia se repite. La desazón también. Imposible no amanecer con Couso metido en el cerebro, minutar otra vez los últimos momentos juntos, plano a plano, o evitar la imagen exageradamente nítida de su última cerveza en el bar. 

 —Ricardo, pon la penúltima y que sea un tercio, que estos son unos maricones. 

     Pero el orden se equivocó. Sería la última. Aunque sobre esa mesa también estaban todos los detalles del viaje al milímetro, el plano de Bagdad en la cabeza, cada detalle de las orillas del río Tigris, eligiendo siempre la de los yankees, que era por lógica la más segura, los chalecos nuevos con altillo para el cuello que te dan sensación de cobijo,  —el miedo entra por el cuello decía… 

     Estaba todo controlado, pero no todo se puede controlar. Siempre hay riesgos. Y de entre los millones de ellos que se me ocurren y que Couso contempló, nunca existió este. Ser un testigo sin refugio en el sitio asignado para ello. Representar el objetivo para el fuego “amigo”.  Y serlo. Morir asesinado.

     Tras las cañas, subimos a la redacción y otra vez subió él. 

—No te ibas, pesado?

De respuesta, su sonrisa.

—Nos vemos, me voy a la guerra, os llamo. 

     Después otros dos besos, más palmadas, más abrazos. Su espalda, su chupa azul alejándose, chocando palmas en su recorrido por las mesas a la gente:

—Adiós.

—tío, ten cuidado…

     No dudo que fue así. Cuidaba y se cuidaba. Sabía a donde iba.

     Y nos llamó, más hiel en los labios cuando José Manuel recordaba aquellas conversaciones. Para remate la conexión con Angels, aquella pequeña entrevista que vimos una y mil veces, porque un cámara nunca sale y menos habla y menos presiente. Era la crónica de una guerra esperada y preparada, todo tan previsible y a la vez tan anormal…

     Su último viaje, su última ilusión. Mientras él esperaba la guerra en Bagdad, en una base militar a kilómetros de allí se celebraba su puesta de largo. La guerra se vistió de egos, se comprometió con mentiras e hizo oídos sordos al clamor internacional que la rechazaba. 

     La barbarie se preparó solemnemente. Una cumbre, unas firmas, una foto. 

     Las Azores. Yo estuve allí. Era 16 de marzo de 2003.  

     Aquel día en las Azores todavía me parecía que jugaban al Risk los de la foto. Era la inconsciencia de lo que se supone lejano. A todos los gráficos nos recluyeron en un hangar, al lado de la pista donde se hizo la famosa foto de los flequillos al viento, de las sonrisas desmesuradas, de los encantados de haber nacido que posaban para que el mundo les rindiera pleitesía. Allí pasamos unas horas, comentando los despliegues de cada medio, —¿quién está en Irak? ¿Cuándo se fueron? ¿Están juntos? ¿Habrá relevos? ¿Jordania? ¿Kuwait? 

     Después, la rueda de prensa conjunta al otro lado de la isla, bien cuidada su seguridad, un filtro al salir, otro repaso antes de subir a los autocares, un sinfín de controles, de escáneres y de seguridad americana. Militares que nos miraron hasta los dientes, pero en ningún momento a la cara. Luego, palabras y más fotos. Satisfacción al más alto nivel. Los salvadores del mundo. Y la prensa mundial allí para certificarlo.

  
     Volvimos al avión del presidente de España. Cuando ya habíamos ocupado nuestro asientos, Aznar se paseó por allí, saludando muy contento, se le notaba muy excitado. Lanzó una pregunta, muy campechano él:

—¿qué ha hecho el Bilbao?

     Se había quitado la americana, esa que parecía un uniforme. Ese detalle nos sirvió de chascarrillo durante la foto, pues exceptuando el portugués, los tres mosqueteros parecían haberse puesto de acuerdo en usar la gama del azul en sus trajes y corbatas. El primero que reaccionó aún tardó un rato en contestar. Nos había descolocado una pregunta tan desubicada de un momento que nosotros habíamos vivido como especial por el tamaño de la responsabilidad asumida. Pensábamos en la guerra…pero el Bilbao había ganado. 

—perfecto para el Madrid—  señaló feliz, mientras agitaba en el aire un inmenso puro. Un único comentario ante el silencio que se produjo a continuación de ese dato:

—¿a qué vienen esas caras?

     Más silencio. Todos incómodos. La solemnidad era nuestra. No empatizaba nada con su ánimo de chufla. Mi compañera Rosa rompió casi con un susurro el mutismo general.

—presidente, venimos de que se declare una guerra.

      Entonces Aznar, lejos de reducir su mueca, la amplió con una risotada de esas que utilizan los humorista para emularle, y en un envite más al cinismo concluyó: 

—no, mujer. Venimos de salvar la ONU. 

     Se alejó hacia su asiento, en la parte de delante del avión. Volvió el silencio. Cada uno se sumergió en su crónica. Y yo en un sueño profundo aún ajena a la pesadilla que acababa de echar a andar. Había sido un día muy largo.   

     Como conclusión, hostia en la cara. Con algunas cosas no se juega, los muertos son de verdad. Y a veces se salen de las estadísticas y tienen cara, tienen voz, tienen un montón de recuerdos compartidos que definitivamente ya nunca se podrán compartir. Era un amigo. Un compañero que debía celebrar conmigo los veintitantos años de profesión, de cortos, de guardias, de cenas. Que debería estar viendo crecer a sus hijos. 

    Insoportable oír algunas cosas, sentir que le matan otra vez. Todo han sido palos en la rueda. 

  
      A Couso le asesinaron. Y a Couso hay que hacerle justicia. Nada más. Nada menos. 

     Por eso vuelvo a escribir aquí la carta que hicimos en el cuarto de cámaras para el informativo de aquella noche, cuando ya se trató de empañar lo que estaba y está claro y que aquella noche Angels leyó en pantalla. Y porque la volveríamos a escribir hoy otra vez.

“José Couso no era un intrépido ni un kamikaze. Ni buscaba fama o dinero. Y porque era una persona responsable con él mismo y con su trabajo, sólo quería estar allí y contarlo. Y con su cámara mostrarlo y ser los ojos de todos nosotros. Hoy es también nuestro corazón”  

 

     

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HOTEL SUECIA

      

     Supongo que nadie olvida su primer día de beca. Que mi primera salida fuera a una inmunda perrera ilegal y que al cámara al que acompañaba le picara una avispa en la mano, sólo se lo puedo achacar a la casualidad. En el camino, en mitad del atasco se presentó Murphy por primera vez en forma de compañero del hotel, el recepcionista de noche al que mi madre había llamado para decirle que yo estaba enferma. No sé qué pensaría ese compañero de mi repentino encogimiento en el asiento de atrás. Un rato después, y tras el ataque animal, no tuve más remedio que comprobar el recorrido de la adrenalina por mi cuerpo cuando tuve que coger la cámara. Nunca me pinché nada, pero debe ser algo parecido a esto. Me reventaban las venas de la emoción. Beti todavía no era una amiga y nuestra relación contenía mucho respeto pero ninguna confianza. Un perro sarnoso fue el protagonista del primer plano profesional de mi vida. A ese le siguieron muchos con distintos collares. No sabía yo entonces la de veces que me quedaban por encoger el cuerpo y el alma. Mi primer día en la profesión y ya me había escondido en el asiento de atrás de un coche. Toda una metáfora. Ver sin estar. Estar sin ser vista. Una línea imaginaria que es fácil olvidar y no conviene. Quizá una imagen un poco pillada que sólo alcanzo a entender yo.       

      Espoleadas por algún detalle, por alguna referencia, van saltando a mi cabeza algunas imágenes, situaciones y personas, recuerdos manoseados que, sin embargo, dependiendo del momento en el que lo hagan adquieren siempre una nueva dimensión. A veces pienso que tengo un sentido demasiado literario de la vida, tiendo a clasificar lo que observo bien como drama, bien como comedia. En cambio mi vida me la cuento a mi misma como una narración con su prólogo y sus capítulos, en continuo desarrollo, me gusta verlo así. Aunque sería incapaz de hablar de esta manera, pienso exactamente igual que escribo, con estas palabras “sin barrio”, pero luego el mismo mecanismo inconsciente que me evita decir palabrotas y domestica mi lenguaje en casa de mi suegra, me impide la expresión oral y es que el sentido del ridículo me mata. De esos años y los que sucedieron guardo una imagen muy nítida de “algunas personas mayores”. No mayores en años, aunque muchas lo fueran, sino en tamaño, en lo que supusieron para mí. A su lado, yo era realmente pequeña.
  
      Y como muchas otras veces mi cabeza rescata a Crisóstomo. Mientras escribo esto, en la tele contemplo, aunque no oigo, diversas concentraciones de estudiantes. Debería ser una asignatura más, la de situarte frente al mundo, en ese primer análisis radical que tienen los años. Recuerdo el mío, mi acaloramiento con la LODE, con los conciertos educativos, que era una entrega del sistema de hecho y no una subvención directa. Una criba más, una adulteración que justificaba la aparente selección natural que producía la sociedad de la manera más artificial y material de las posibles. Llegaba a trabajar a la Casa del Pueblo siempre dispuesta a liarla, en guerra continua, como si todos y cada uno de los afiliados tuviera concreta e íntegramente toda la culpa. O conmigo o contra mí. Entonces me iba a la biblioteca de jubilados de UGT donde un par de frases pausadas de su encargado Crisóstomo bastaban para sanarme, para tranquilizarme, para forzarme a hablar en calma, a su ritmo, con un verbo muy pensado, con la lentitud y la fuerza de las palabras llenas de contenido, con el afán de transmitir exactamente algo, de estar a su altura. Y empaparme de sus matices, porque para eso sirven los adjetivos, para acotar y vestir. Para escarbar, encontrar y diferenciar lo importante de lo anecdótico. Lo que pasa y lo que pesa. Porque no todo lo que parece lo mismo lo es.

     Crisóstomo era maestro en un pueblo de Guadalajara. Tras la guerra no pudo volver a ejercer. Pagó mucha cárcel por pensar, así lo decía él. Siempre estaba escribiendo con bolis de colores en líneas diminutas. Llenaba las hojas absolutamente, ni márgenes ni sangrías. Un bosque tupido de letras. Tintas fáciles de conseguir, ni azul ni negro. Y el papel, la divisa de la escritura, su aposento, aprovechado a tope. Literatura penitenciaria. Escribía minuciosamente todos sus recuerdos en un cuaderno repleto hasta los cantos, aprovechando todo el espacio y con bolígrafo rojo. Recuerdo su respuesta a mi pregunta de por qué lo hacía así, en letra tan pequeñita, tan apretada y en ese color, agachando sobre el cuaderno su corta vista que esforzaba con la ayuda de unas gafas a media nariz. Con el mismo tono de maestro con el que hablaba siempre, a mí y a cualquiera, eligiendo bien las palabras y siendo escueto, me dijo que la tinta roja era más fácil de conseguir de los funcionarios porque ellos no la querían. Y que el lapicero ya lo veía peor. Y que el papel había que aprovecharlo, así ocupaba menos. Y que a lo que te acostumbras se le llama costumbre y fueron muchos años en la cárcel. ¡Tantas respuestas a una sola pregunta! A veces , con cansancio y después de cualquier inquisición mía pues yo le acribillaba porque me encantaban las historias de la guerra, cortaba por lo sano y sentenciaba: “historiadores somos todos, solo hacía falta haber estado “allí”. Y de su mano me iba a las huelgas del 31, por ejemplo. O a las tierras de la colectividad durante la refriega. Las movilizaciones de los años sesenta, las que los jóvenes de aquella época reverenciábamos y por las que yo le preguntaba, le pillaron a contrapié. Ya era mayor para la calle. Se le había ido la vida entre celdas y cadenas de la metalurgia. Se sindicó estando jubilado. Y, allí, en la biblioteca del sindicato nos dio a todos su última lección. Escucharle fue un honor, en sus palabras tranquilas y su ausencia de rabia estaba su magistral revancha. El sosiego. A su cabeza nunca la detuvieron, al revés, la disciplina impuesta se la ejercitó. Para mí fueron las mejores clases de historia. Solo era un ejemplo, pero podría hablar de mucha gente así, llena de respuestas lógicas y de experiencias que han sabido transformar en equipaje y tienen ropa para cualquier inclemencia. Gente que realmente ha vivido la vida. Y que siempre ha tenido mi admiración.

  
        El concepto trabajo en mi casa suscitaba el máximo respeto. Tener un buen trabajo, “estar bien colocado” y sobre todo ser “trabajador”. Decir esto de alguien parecía una descripción definitiva, ya estaba dicho todo, era el éxito en la vida. Y yo siempre pensaba: Sí, trabajador pero también gilipollas o trabajador y explotado o trabajador y nada más, ¿Qué hará con el resto de las horas en las que no trabaja? ¿No es nada? Quizá me indignaba no serlo yo.

     Entre mis mayores había una especie de competición acerca de quién había comenzado a trabajar antes -todos en la infancia- y en condiciones más penosas. Era una subasta de sobremesa, de batallas de posguerra “mucho peor que la guerra”, de heridas de hambre y yo no comprendía ese extraño orgullo y esa resignación, no comprendía la elección del camino del trabajo, de la vida como Dios manda y no la de las barricadas y el coger lo que es mío, la tierra para el que la trabaja. Eran ignorantes pero sensatos, supervivientes puros con un exagerado sentido del honor que también plasmaban en el trabajo, y mucho amor propio que dignificaba cualquiera que este fuera.

      No dudé cuando mi hermana me ofreció la posibilidad de ir a trabajar al hotel. Camarera de pisos. No lo había oído en mi vida. Era un trabajo de “verdad” con contrato y todo, desconocido el sitio, la gente, la labor. Yo siempre había estado entre amigos. Pero no podía decir que no, sería capaz de poder con todo, yo era la única de la familia que había seguido estudiando, pero trabajar era entrar en el mundo real, ayudar en casa, ser independiente, estar más al “frente” de la casa de lo que ya lo estaba – ya vivíamos solas desde hacía cuatro años mi madre, mi tía y yo- tenía veintidós años y me parecía que seguir exclusivamente con la vida de estudiante que no me suponía ningún esfuerzo y trabajillos ligeros era un poco escandaloso. Quería un coche y quería un curso, el de realización. Se convirtió en el de reportero gráfico porque era más barato. Hoy pienso que hasta en eso tuve suerte.  

 
     Y fui emocionada y nerviosa, dispuesta a aprender y a sacar provecho de ese dinero que me permitiría acceder a algún curso de especialización de precios prohibitivos, que me avergonzaba siquiera sugerir a mi madre. Mi primera impresión en el hotel no pudo ser más lamentable, realmente me dieron ganas de pegar a alguien, de defenderme pues me sentí atacada desde el primer momento. Mi cabeza llamaba a mi madre, me sentía pequeña, quería admitir que no había necesidad de pasar por eso, que yo era de “libros” como me decía ella. La cruel vida laboral me saludó al más puro estilo surrealista, yo no veía la más mínima lógica en nada:

– Ponte esta bata.

– Me está muy grande.

– Da lo mismo, aquí no viene una a lucirse.

– ¿Cómo te llamas?

– Carmen.

– Aquí ya hay muchas cármenes, así que decide, o Menchu o Mamen.

     Uniformada como un payaso, con un nombre nuevo al que tardé en acostumbrarme y que me costó más de una bronca por no atender al escucharle y que aún hoy me huele a ambientador industrial pero al que también tengo un insólito cariño, Mamen comenzó a trabajar.

-Toma esta llave y esta planta es tuya.

     La décima planta, la más alta del hotel, donde estaban las habitaciones clásicas, aún pendientes de reformar. Muebles viejos y oscuros, llenos de llaves que adornaban cerraduras desencajadas de los que me llegué a aprender cada desconchón con la ayuda de la bayeta. Moqueta beige con pequeñas grecas naranjas a los lados, paralelas ya asimétricas de aguantar tantos pasos y tan distintos, llena de hendiduras que soldaban en su sitio a cada mueble, pista perfecta para mí cuando tocaba limpieza general y toda la habitación se ponía patas arriba. Rehacer el puzzle, encajar cada pata en su huella, recomponer con exactitud milimétrica tanto bártulo. Los colores oscuros de las plantas superiores contrastaban con las reformadas, llenas de azules y tonos pastel, nuevas y de aspecto limpio, cosa que nunca conseguí en mi palomar. Si acaso la habitación 1001, por la que siempre empezaba y nunca lograba terminar en los días de temporada baja, cuando la desmembraba. El cachondeo de Mamen y la 1001… cuántas risas. Estará más limpia que una patena decían con un choteo recurrente. Aquel piso ya había dado todo su brillo. Nadie hubiera podido hacer más. A cambio tenía unas vistas insuperables de Madrid y sus tejados, de sus chimeneas que yo daba vida con el humo de mi cigarro. Respirar Madrid. ,Qué buenos aquellos ratos!

  
     

     Pero aquellos días de junio no sabía por dónde empezar, la soledad del office, la angustia de ver imposible acabar el trabajo, yo, tan lista, “la estudiante” -esa característica corría por el hotel como si fuera lo nunca visto entre las camareras, una extravagancia- la “granate” porque me pasaba de roja, estaba perdida. Reconozco que descubrí a la vez las dos caras del mundo laboral, la más zafia pero también la más humana. Las compañeras me ayudaron y me protegieron desde el primer momento, les caí en gracia y fui una especie de mascota para muchas de ellas, la hija que no tuvieron, un punto de vista original en aquella vida tan plana, donde al otro día era vuelta a empezar, donde ellas y yo sabíamos que yo estaba de paso. Pero también noté un inmenso respeto por mí que vi crecer día a día. Me sentí entre ellas muy cómoda y esta relación invirtió la balanza e hizo que la experiencia valiera la pena y facilitó mi asimilación, me enseñaron mucho del hotel y de la vida. 

     Al poco tiempo mi objetivo era no quedarme allí sin saber por qué, como les había pasado a muchas de ellas que al principio también llegaron de paso y se les iban acumulando los años y las razones y ya ni siquiera pensaban que otros mundos también eran posibles. Vi a más de una jubilarse. Tampoco quería abandonar, no quería verme derrotada por la realidad, todo menos rendirse. Después de todas las historias que había oído me parecía que debía dar la talla, tan sobrada de teorías desde muy joven. Era una obrera y debía saber vivir como tal, me encantaba esa palabra y ese concepto, tenía algo de romántico, tanto como el saludo diario de mi compañera Manoli, una troskista que tuvo a sus cuatro hijos durante su emigración a Alemania y tenía armas de la guerra enterradas en su pueblo “porque nunca se sabe” y cuya arenga matutina revolvía más de un estómago pero que a mi me fascinaba y convertí con los días y la confianza en un grito de guerra compartido:

– ¡Hola, obreras¡ Un día más dispuestas a que os engañen, pues que sea en el dinero y en el trabajo pero no en los derechos…

     Un puño cerrado completaba la dramatización.

  

     La admiración por mi madre y por mi tía aumentó, consciente de la dureza de sus vidas, y suponiendo que este trabajo hubiera sido un juego para ellas. Para mí no lo era. Sobre todo al comienzo fue una auténtica pesadilla pues me acompañaba la angustia hasta los sueños, en los que hacía camas sin cesar y nunca conseguía acabar todas las de mi planta. Soñaba un día sí y otro también con la gobernanta, una jefa berlanguiana a ratos y mala persona siempre. Con el tiempo he pensado que en realidad era la soledad hecha carne. Bloqueaba una habitación, se encerraba allí con un plato de jamón y algo más que hubiera pedido a la cocina y medio acababa con el mini bar. Luego hacía la ronda, la de no dejar a nadie sin humillar. Nosotras la temíamos. 

     Pero nos mofábamos a escondidas, la imitábamos en aquellas quedadas a la una en punto en alguna habitación, donde veíamos “Cristal” todas juntas, aquella serie matinal que revolucionó a finales de los ochenta las pantallas, patética pero muy chévere para aquellos ratos, apenas media hora de asueto que nos cargaba las pilas y nos ponía al día, buen momento de confrontar sus amargas vidas, pues cada una de ellas daba para un relato y sería acusada de malévola la fantasía. Yo flipaba a diario, era un vivir cada día constante, un callejeros de antaño que me dejaba con la boca abierta. Después hacíamos habitaciones como churros, arrebatadas como posesas, todas para una y una para todas. Esa una solía ser yo, montones de veces llegaba a tiempo por ellas. Pero Maruja, la gobernanta, me buscaba y yo era fácil de encontrar. Le tocaba los galones que yo saliera antes por un examen en la facultad. Y a mí me dolía el mentón todos los días de apretarlo, de impotencia, de tragar. No era el trabajo ya, era el trato. Algo mucho peor de tolerar.

                

     Veía un mundo demasiado real de golpe, ya no había posguerra ni nada por el estilo pero las advertencias familiares no eran sólo palabras ni bravuconadas de “porque yo sé lo dura que es la vida”, lo era en verdad y este era un primer paso para saberlo. Aquí el mundo material se comía al resto, si tú no hacías nada por evitarlo. Mis prioridades o las suyas. Y siempre enfrente, la maldad con patas. Y con la sartén por el mango. La gobernanta. Y entonces me acordaba de Crisóstomo y comenzaba a contar hasta diez.

     Poco a poco conseguí dominarme y comprendí la importancia de controlar los tiempos y también a las personas. Y me llené de la bondad de Feli, de la alegría de la García, de la amistad de Mayka, de la serenidad de Celia, de la astucia de la Roa, de la decadencia de Milagros, de la admiración por Manoli. Comencé a plantar cara a los jefes, cambiando la ingenuidad por sutileza, algo desconocido para ellos tan seguros, tan sobrados. Me centré en ser “lista” con todas sus malas connotaciones, sólo desde dentro se puede minar el sistema. Y comencé a disfrutar. Hubo buenos momentos, me reí muchísimo y si vale la expresión, me sentí crecer. Pero no me conformé.

 
     Con el Estatuto de los Trabajadores en el bolsillo de la bata y muchas horas de darle vueltas, conseguimos cambiar los cuadrantes, rotar los domingos y librar dos días en vez de uno y dos horas a la semana. También nos empezaron a dar la comida. No teníamos derecho a Comité sindical, éramos menos de cincuenta en el hotel. Esos días, en las reuniones con el viejo de mantenimiento, el Sr Vázquez y un camarero del PCE, Tomás, más la trotskista y yo, todo parecía posible. Cuestión de pelear, decía yo. Llevaba meses, ellos más de veinte años.

  
     Me aprendí el convenio del sector, pateamos todos los sindicatos y buscamos el mayor número de ejemplos posibles del funcionamiento de otros hoteles de Madrid, ellos controlaban ese micromundo. Valoramos cualquier opción y llenamos un montón de folios con gráficos de colores que más que fidelidad a los datos, reflejaban la evidencia. Era posible, era equilibrado e igualaba los derechos de todas las camareras, incluidas las novatas. Las antiguas cedieron sus prebendas, era la última carta de la dirección, el clásico divide y vencerás y eso también se lo arrebatamos. No pedíamos la luna. Una vez consensuado abajo, sólo quedaba subir a personal. Dárselo todo hecho. Los suecos escucharon y cedieron. Habían pasado meses, casi un año desde que empezamos a pensar que algo podía cambiar. Y cambió.

     Un par de semanas después me llamó EFE para la beca. Era un 20 de mayo. Indescriptible la sensación de los últimos días. Todo había dado la vuelta, el ser desvalido salió por la puerta grande a un sitio mejor o por lo menos que yo sentía más mío, más adecuado para mí, más natural. Puede sonar pedante pero se trata de ser sincera. Llevaba tantos meses como años tenía librando exclusivamente los martes. Eso ya a mis ojos era un crimen absoluto. Pero los días densos no me hacían tampoco renunciar a las noches largas. La sensación de cuerpo de escombro de los fines de semana, reptando entre las camas, pensando que de un momento a otro iba a sucumbir, era habitual pero aguantaba. Todas las tardes, después de comerme el táper que me preparaba mi madre, me iba a la facultad de tirón. Cierto es que muchos días no pasaba del bar, mis escasas fuerzas eran muy selectivas, sólo me interesaban ya las prácticas y en lo único en lo que me esmeraba era en algo fundamental, seguir relacionándome para no perder pie y de paso conseguir fotocopiar los apuntes de los hachas de la clase que no se perdían ni una. La fotocopiadora  junto con la biblioteca era nuestra internet.

  
     En ese momento ya conocía todos los trucos de ese trabajo, ya llegaba sobrada, como fuera, pero me seguía machacando físicamente y tenía que hacer un esfuerzo por dignificarlo día a día. Todos los trabajos son dignos en teoría pero si tú eres la que lo soporta lo de la dignidad es un concepto más relativo pues se apoya en cómo te sientes tú al desarrollarlo y yo me seguía sintiendo fatal, no me consolaba ni el día de pago, el único día en el que el objetivo se concretaba. Sólo lo superaba con los ratos clandestinos entre compañeras y en ese mundo de las relaciones es donde realmente avancé muchísimo, eso sí que fue la auténtica experiencia. Y eso fue lo que hoy pienso que llenó los dos años que hubo entre unos días y otros, entre la aprendiz de persona mayor que entró y la persona que ya era casi un referente para las demás cuando salió, referente que me ayudaron a crear ellas, que alimentaron y que hizo que me crecieran alas, que todo lo que pudiera hacer por ellas fuera poco, después de lo que ellas habían hecho por mí. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Mi “victoria” fue la suya. A los tres días de empezar la beca en EFE, el hotel no me renovó el contrato. Tardía venganza la suya. Y un motivo más para celebrar y regodearnos en la fiesta de despedida. Conseguí salir del hotel hacia otro futuro. Aunque ignoraba que iba a estar plagadito de ellos…

  
     La memoria se hace un caparazón de miserias sedimentadas. Y escoge sacar brillo al recuerdo rescatado, lo barniza de ternura o de épica, que no es la verdad ni lo pretende, pero sí lo que nos quedó de ella. A cada uno la suya. He visto y vivido cosas infinitamente peores después. Pero ya las esperaba. Se lustra lo que quedo atrás, lo superado. Porque lo que solo nos angustia al recordarlo, no pasó en realidad. Sigue en vigor. Es presente. Y el paso del tiempo, el hacerse mayor es vivir un presente multiplexado.

  
     Amanece mientras entro en Madrid. Apago las luces y saco las gafas de sol. Hoy el día es claro, ni rastro de las nubes de ayer. Tampoco hay atasco. Las noches son un milagro. Los días a veces también. Me cuesta situarme y no es el madrugón. Tampoco me molesta especialmente empezar el día en una cola de la administración, rehaciendo papeles, hoy también traspaso la frontera de la edad, “es el último día que tiene en la vida para revisar la cuota de autónomo, no de este ejercicio sino de su vida” me ha informado un dramático funcionario de la SS. Me ha hecho gracia, pocas veces sabes de algo que es la última oportunidad en la vida y el tono catastrófico y la cara de acelga del señor en cuestión me ha hecho pensar que quizá sea personal laboral contratado y vea moverse el suelo bajo sus pies. Por lo menos en lo mío no hay culpables, dioses omnipotentes, simplemente pasa la vida. Vuelvo al coche rumiando, con el baile de cifras todavía en la cabeza, convencida de mi elección y sin más vueltas que darle, porque es el último día, no hay marcha atrás, es la ley de plazos del aborto laboral. Ya en el coche tampoco pierdo los nervios cuando se rompe el asiento y se queda enganchado dejándome lejos el volante. No me inmuto, tiro como pueda y luego lo miro. Me tengo que estirar para manejarme bien pero hoy el cuello me ha dado una tregua. Y además, voy sobrada de tiempo. Aprovecho y atravieso Madrid.

     Corroboro algo que siempre he sabido pero que a ratos se me olvida. No hay problemas, no hay circunstancias, no hay entorno. Es una cuestión de actitud, de leer desde dentro hacia afuera y no buscar lo contrario, de optar sin que suponga una renuncia, de discriminar porque nunca nada es para tanto, pero tampoco tanto ha sido para nada.

     Soy mayor, pero mis ganas también lo son. Soy mayor y no pasa nada. Sigo siendo yo, son las estaciones las que pasan. Soy mayor y conmigo llevo todo lo encontrado. Pero la búsqueda sigue. Como los días y las noches. Además, no hay quien lo pare.

     Estoy de buen humor, “al trabajo se va siempre contenta y ya tienes la mitad hecho” que diría mi tía, que fue otra gran persona mayor. Cuando decía eso, yo automáticamente visualizaba los lemas que coronaban los portones de los campos de concentración nazi. Ahora lo entiendo, hablaba también de una actitud ante la vida, ésa que fue implacable con ella.

     Soy mayor pero todo está por aprender. Y no es incompatible. Igual es evidente pero yo prefiero llegar a lo obvio por los caminos retorcidos de mi cabeza. Soy mayor y ya me vale más a veces lo que me cuento que lo que me cuentan. Pero una vez me contaron mucho. Y fue cuando entré de becaria en la Agencia EFE. Pero eso es harina de otro costal. Y harina fina. Donde me rebocé toda. Y vi con mis ojos el milagro de los panes y los peces. El mundo se desplegó ante mi al subir esas escaleras y  la vida se multiplicó.

  

LA IDEA 

       Es mi primera noche en Atenas, hace un calor espantoso y no me puedo dormir. Además estoy nerviosa pero eso es siempre así. Lo es en cualquiera de los viajes de presidencia donde manda una agenda férrea que ciñe la información. Sota, caballo y rey. Si acaso algún detalle, algún contratiempo que menee la actualidad. Pero aquí nadie sabe qué va a pasar. Es un momento histórico, otro partido del siglo pero en un campo novedoso. Un sueño reportajearlo, contar una historia con principio y quizá sin fin. Contar algo y que se entienda. Otro reto express. Mirada rápida y corta. Y la mirada es mía. Un privilegio y una responsabilidad.      

     Me lío como siempre con las luces de la habitación. Nunca acierto a apagarlas a la primera. El recibidor o la absurda lamparilla me cuestan un par de incorporaciones. Esos tiempos muertos me angustian, son presagios del cansancio posterior que todos juntos me van a representar. Cualquier minuto cuenta. Me tumbo y no encuentro postura. Otra vez enciendo la tele y ahí siguen los tertulianos griegos desgañitándose. Pongo la BBC para ver si me entero de algo nuevo. Las imágenes ya me son familiares. Syntagma, los cajeros, las banderas. Actualizo twitter y me hago una lista temática para cuando pueda chupar wifi saber lo que va pasando. Me llega el primer mensaje del chat creado por los compañeros. Todo ayuda porque cualquier mirada es parcial. 

     Cierro los ojos. Y me repaso. Pienso planos, me hago recordatorios. Carmen, tienes que estar tranquila, mirar despacio que si no parece que haces fotos y son planos malogrados porque no colean, no se pueden montar. Tener paciencia. Guárdarte el genio. Solucionar, que los nervios bloquean. No fallar. Y, como no, mi obsesión, administrar el tiempo. El tiempo que me falta, el que me queda. El tiempo que pasó.

     Miro la hora y ya es 1 de julio también en España. Sigue siendo imposible dormir. Enciendo un cigarro pero no la luz. Abro las cortinas y las ventanas para que salga el humo y pongo el aire acondicionado a tope para que lo remueva bien. Ya no me importa su ruido molesto. Es entonces cuando me enredo a pensar.

     Y pienso en el calor que hacía esa misma noche de hace exactamente 25 años, mientras me probaba la ropa que llevaría al día siguiente para debutar como becaria en la Agencia EFE. La de vueltas desesperadas que le di al armario para acabar poniéndome lo de todos los días porque allí no había otra cosa. Me costó la decisión de no ir a trabajar al hotel donde era camarera de pisos. Yo siempre he sido muy legalista con ciertas cosas que había mamado y además necesitaba el dinero. Una súbita fiebre fue la excusa y creo que el mentir la hizo real. Tenía que probar aunque fuera incompatible con mi trabajo y tuviera muy pocas expectativas, limitadas por mi condición de mujer, algo insólito en esa época para ese sector. Para no perder de vista el contexto me basta con recordar que una de las primeras noticias que cubrí fue la entrada de una mujer bombera de Madrid en el parque de Getafe cuando solamente había otras dos en España. Y no estaba exenta de polémica. Se cuestionaba su capacidad. Así eran las cosas. Tardé sólo dos días en dejar el hotel.

     Si hace 25 años yo hubiera entrado de botones en un banco hoy me habrían regalado un reloj. Pero entré por la puerta de la agencia EFE, con la carta de la beca en la mano y el corazón en un puño. El verano en Madrid arrasaba, los vaqueros los llevaba tatuados. Como soy muy de sudar, mi principal preocupación eran las manchas de esa infame humedad que asomarían de un momento a otro en algún lugar de mi camiseta. no sólo debajo de los brazos, más fáciles de camuflar manteniéndolos bien pegados al cuerpo. El curso que dibujaban las gotas podía abarcar desde las costillas al cuello. La amenaza de su aparición era una vergüenza que en aquella época me perseguía durante toda la estación. Por eso me había secado meticulosamente todos los focos sospechosos. Por eso y porque llegué media hora antes según mi costumbre y mis nervios. Perderme era otra posibilidad que también había tenido en cuenta y dar la nota era lo menos apropiado para un primer día. 

    Los jurados de la pecera que custodiaban la entrada me indicaron el cuarto de cámaras donde debía esperar. Allí ya me dirían. No había nadie cuando entré. Tres enormes sofás negros de escay medio pelado rodeando a tres mesitas de cristal abarrotadas de periódicos y revistas. Al fondo presidiendo, la televisión. Me senté en un extremo del primer sofá a esperar. El chorro del aire acondicionado me estaba dejando pasmada y la carne de gallina había sustituido al sudor. En un lateral de la habitación había un mostrador y tras él se apreciaban un montón de fundas circulares de trípodes. Pensé que allí se guardaba el material pero antes de que me asomara a corroborarlo un murmullo lejano fue subiendo de tono y en un momento el cuarto se lleno de gente…

    Pero el camino hasta allí comenzó unos años antes, en la facultad de ciencias de la Información, donde entré unos días antes de que muriera mi padre, en octubre del 84. Él había regresado a casa desde el hospital para descansar definitivamente pues ya no había nada que hacer. El cáncer le había comido un pulmón. El 15 de noviembre murió.

    Ahora sí enciendo la luz. Miro a Beti, mi cámara, y su silueta le da cierta enjundia, es una sombra elegante que marca con detalle su objetivo y que nace del juego de haces de las lamparillas ilógicas que salpican la habitación y se encienden todas a la vez. Mi Beti. Cómo disfruto con ella. Automáticamente pienso: “soy una privilegiada”. Beti es mi pasaporte. Y mi padre su precursor, sin saberlo. O la razón en esencia de ser como soy. Con la distancia del tiempo que nos unió y de la vida. Nadie lo diría pero yo lo sé. Sólo que él escuchaba y yo aprendí a contar. Es lo mismo. 

   Beti no sabe nada del Puente de Vallecas que es de donde salí y mi padre menos de la Moncloa que es a donde llegué. Me parece un camino interesante para recorrer porque después de todo, de casi nada tengo opinión. Pero sí memoria. Y la uso siempre que necesito formármela. 

    Allí, en mi memoria, están todos los presidentes españoles de la democracia, cuatro presidentes norteamericanos, decenas de jefes de estado mundiales, desde Gorbachov a Putin, Arafat, Samir. Mandela, Gaddafi, Carlos de Inglaterra o Fidel Castro. En movimiento. A veces con palabras. Siempre con sensaciones. Pero también dirigentes de medio pelo y artistas varios. Cantantes flor de un día y artistas legendarios. Mineros, sindicalistas y mujeres maltratadas. Héroes por un día y mártires de por vida. Deportistas emergentes, de élite y en retirada. Incluso he sido testigo de todos esos momentos de algunas de las carreras deportivas mas míticas de mis tiempos. Usos y costumbres, enfermedades raras o rotundas y voluntarios universales a cualquier causa posible. Víctimas y verdugos. Pero sobretodo gente. De todo tipo. De todos los palos. Y a esa gente le pasan cosas. Buenas y malas. Venden más las malas. pero yo no me paro ahí. Porque instruye tanto la cloaca como el palacio. Somos mestizos y somos los buenos y los malos. La circunstancia de la que eso depende es la cuestión.

    Beti, si no te pongo en antecedentes nunca sabrás porque he dirigido de una manera determinada tu mirada. Pero tampoco lo sabré yo. Porque cuando voy contigo llevo conmigo muchas cosas que tú no conoces. Compartiremos eso también. Las razones. Las mil veces que este trabajo me deslumbró al enseñarme un mundo desconocido y muchas veces insospechado. Grabar y grabar para seguir contando. Grabar lágrimas y grabar risas y aun así seguir grabando. Porque no soy yo. No sólo. Mi mirada puede ser la única. Pero es la de muchos. Eso aprendí mientras grababa la ablación de Amel en Etiopía. De las veces que he sabido que esto que hago sirve para algo. 

    Papa, estudié. Quizá lo justo, pero pregunté y aprendí. Llevabas razón. Me podía torcer y no lo hice. Siempre hay un mínimo, unas normas de salida. Las busqué, las entendí y las respeté. Aposté por lo imposible y no lo era. Y me gané la vida con ello, o a pesar de ello. Me la gano aun hoy. Quizá tuve suerte pero también es cierto que no he parado de trabajar, que me he dejado la piel en ello. Que he sido feliz incluso cuando después de una intensa campaña electoral me ha sangrado el hombro. Que he sentido miedo, frío o hambre en días de infinito tedio. Voy a contarte cómo ha sido todo. Que el camino pasó por los Focos o la Casa Blanca. Que vi el mundo desde las alcantarillas de Madrid y desde un Airbus 380. Que llegué a ciudades tomadas por la seguridad de una cumbre o por aficionados de equipos de fútbol. Y que el sufrimiento ajeno que produce un atentado, un accidente o una mala decisión es imposible de esquivar, incluso desde el submundo del visor en blanco y negro. Y cuando llego a casa ese dolor está todavía allí. A menudo me gustaría sacudirlo, quitármelo de encima, pero no puedo. Porque no es trabajo, es vida.
 

     Política, países, personas, calles. Periodismo. Donde cabe cualquier cosa. Todo es susceptible de mostrarse y siempre habrá alguien que sume datos. Se trata de despejar cualquier incógnita, consciente de que son infinitas, que simplifique la ecuación humana. Y cada uno que resuelva la suya.

     Es un largo viaje el que me recorre zigzagueando caminos por dentro y por fuera, casi siempre a la par, en el que sigo inmersa. Avanzan en paralelo y son inseparables. Y nada habituales. Los días son una maraña pero es tirar de uno y los recuerdos se embalan en un orden caprichoso una vez abierta la espita. Es entonces cuando un chorro de imágenes recorre mi cabeza. El alcalde aquel, que dijo tal cosa, en aquel sitio que, en donde también estuve cuando y no se me olvidará cómo. Porque todo fluye constante, sin corte ni empalmes. Porque esto es la vida real. La escaleta de mi vida. Intentaré ajustar los tiempos como si de un único informativo se tratara. Porque quiero que Beti y mi padre se conozcan. Y el punto exacto donde lo puedo hacer posible es allí donde se cruzan mis recuerdos.

     Pero todo tiene un principio. Mi primer contacto con el periodismo se produjo en el soportal de la entrada de su facultad en la Complutense mientras aliviaba mi vejiga junto a varias amigas. Nunca había pisado la ciudad universitaria y nadie de mi familia materna había sido cliente suyo. Agachada bajo un muro de hormigón que servía de biombo frente a la mirada de riadas de personas que acudían al último mitin del PSOE de la campaña del 82, me abanicaban una legión de flequillos conformados por uniformes papelitos que pendían de folios y carteles con variadas ofertas. Los trasquilones de algunos elevaban su caché visual, se llevaban mi curiosidad íntegra. Desde alquilo habitación a busco colaborador en revista, una propuesta de viaje o una llamada de socorro de un corto a medio rodar. Conciertos, lecturas de poesía, teatro. Un paraíso para mi imaginación/marginación, de los que yo era una mezcla entonces a partes iguales. Me fui a escuchar a Tierno y a Felipe y a cantar “Hoy puede ser un gran día” a gritos con Serrat, zambulléndome de lleno en la catarsis colectiva con las optativas de futuro ya claras. Primero, Imagen. Segundo, Periodismo, tercero, Políticas. Cuarto, Sociología.

     Y, más o menos, eso es lo que he hecho en la vida…

 EL TREN DE LA MEMORIA

  
     El silencio de la mañana es tan radical que convierte el choque de la cucharilla contra el cristal del vaso en un estruendo. Remuevo el café despacio, para evitar su ruptura, para no molestar el discreto canto de los pájaros lejanos, y cuando doy el primer sorbo, un ruido mate, una vibración extraña que parte del suelo, que sube de volumen pero es constante y lineal, me capta. Al cabo de unos segundos, igual que vino se fue. Y otra vez el silencio, los pájaros y la indiscreción de mi café. Creo que acaba de pasar un tren. Y en cuestión de segundos, a toda velocidad lo abordo. No es un tren, son muchos. Y alguno está parado definitivamente.

     Tren Madrid-Alicante. Octubre de 1956. Luna de miel. Cinco días de vacaciones. La primera salida de mi madre más allá de Guadalajara, donde pasó unos meses durante la guerra. Iba a ver el mar. Todo un día para ir y otro para volver. Una pequeña maleta, cuadrada, de cuero rígido, llena de ilusiones. Y también de un bañador de esos con faldilla hecho en la máquina de coser con un retal a estrenar. Y aún sobró tela para hacer un cojín. También contenía dos camisas nuevas de mi padre, parte de su ajuar y una falda de piqué, copiado el patrón de un escaparate, momento en el que mi madre añade “parece que la estoy viendo” y que de tanto oírlo, veo yo también. Su color crema suponía un dato nada banal, era una época de colores sufridos, representación visual del sufrimiento continuo como moneda de cambio. Una bolsa con bocadillos y cuatro noches en la pensión de un amigo de mi padre, compañero de la mili, de los que lavaba el coche de Franco en el Pardo a medias con él. En eso consistieron sus tres años de patriotismo. En eso y en comer, que no era poco.

     Un cambio de agujas mental me lleva a otros trenes. Ese primero que cogí, vacaciones de toda la familia, apartamento en Salou, el segundo veraneo sacado de las páginas del ABC, sofás a tope de primos, colchones por el suelo… En ese tren íbamos todos, ni teníamos ni cabíamos en un coche. Mucho calor y mi misión, que no le faltará agua en el plato al perro. Diez años, los más fáciles de camuflar entre tanta gente, la niña siempre a su bola, -ésta de hambre no se muere-. Buscavidas en edad y de condición. De la máquina a la cola, una y otra vez. 10 horas interminables pero muy interesantes, explorar sin descanso, nunca se necesita más.

      Luego hubo otros trenes, ese que me cogí en mis primeras vacaciones en EFE, en Marzo por decreto y corriendo a Chamartin, un billete en el Puerta del Sol y yo sola a París, implícita una huida, tiempos convulsos de noches blancas  y dudas, un salto cualitativo en la familia, de ser el último mono a la enviada especial, estandarte de las buenas relaciones entre derivas diferentes de la suerte de mis mayores en la vida. Licenciada y ya contratada en lo “mío”, empece a pagar el peaje de esa felicidad que da el conseguir meter la cabeza en el mundo que quería, primeros detalles de que la satisfacción laboral es sospechosa así como la independencia económica en un entorno de pensiones de viudedad, en un ambiente machista más que masculino y con un corazón de barrio. Saber que es difícil pero no imposible. No tener que justificarlo, que justificarme. Y demostrar lo justo y sólo a mi. El peaje sigue ahí pero los años han rebajado su montante. Puede ser casualidad pero ahora miro hacia atrás y claro que tuve algo que ver. Aunque nada más sea el ser capaz de proponérmelo. Más mérito le doy a ser madre, se ajusta más a lo común pero menos a mi. Tengo una vida ordenada a pesar de mi desorden vital. Sólo mis nervios, mis miedos, lo saben. La verdadera dificultad está en lo obvio, las evidencias son todo menos evidentes.

     Nunca hay que dar nada por hecho, eso es como parar el corazón. 

     Arranca de nuevo el tren y las vías penetran en mi memoria…

     En su recorrido confirman un camino llano y seguro. Parten de una estación y llegan a otra. Salvan ríos y evitan montañas. O las atraviesan. Y configuran una tela de araña que hace posible cualquier itinerario. Pero es que a veces cualquier itinerario vale. Lo único importante es partir. Y dejar atrás   

     Cuando ya has cruzado un mar, caminado miles de kilometros y atravesado pedregales y diluvios, los travesaños de las vías son la única tabla a la que agarrarse. Sólo hay que seguirlas. Eso es lo que vi al llegar a la frontera húngara. Miles de personas aferradas a una tabla. Exhaustas. Con los pies destrozados pero no más que sus miradas. Niños, ancianos, jóvenes, un mundo entero volcado en sus vías. 

     En esos días, los operarios húngaros se afanaban contrarreloj en terminar la valla de alambre cubierta de concertina barbada, las cuchillas crecían muchos metros cada día y ya se veía llegar el final. Sólo faltaba para rematar cerrar el tramo de la vía del tren que conecta con Serbia. Por ese hueco el chorro de gente era incesante. Nada más pasarlo, algunos voluntarios de ongs se convertían en sus angeles guardianes, con una manta, una botella de agua o una fila de zapatos donde elegir unos que pudieran suplir las bolsas de plástico que reventaban en sus pies. Curas de urgencia también a su esperanza. Cada etapa es un triunfo aunque sea efímero. Salvar el hoy es la posibilidad de tener un mañana. 

     Voy a obviar todas las mentiras de las autoridades, toda la vida que se desarrollaba tranquilamente a solo 10 kilometros de allí, todas las lágrimas que nos costo llevarlo sin perder la cordura. Incluso las columnas que los dividía según nacionalidad, de tal manera que no es lo mismo salir de una guerra que de otra en la lucha por la vida. No quiero perderme entre tanta falacia. Ni pensar qué ha sido de ellos un año después. 


   

 Cuando se corrió la voz de que los campamentos de refugiados eran en realidad centros de detención, las explanadas donde les acogían las ongs y les cogían los implacables agentes se quedaron vacías. Se esparcieron por los campos, entre la maleza y la ribera del río, y allí se deshicieron de pasaportes que les despojaban de sus derechos, de fotos de familia felices de otros tiempos, de un pasado en paz que los comprometía porque quizá no estaban lo suficientemente apaleados. Las mafias rapiñaban los últimos huesos. Y las separaciones familiares se consumaban en un intento de agilizar la huida, de facilitarla. En el horizonte, el sueño del reencuentro. Y de otra vida.


  

    En las ruinas de unas casas, entre el follaje agreste de un pequeño bosque, mientras buscábamos mafiosos, encontramos a un grupo de refugiados, como medio centenar, que llevaban unos días escondidos allí. Eran en su mayoría jóvenes y había muchos niños. Hablamos como pudimos con ellos, el lenguaje de las suplicas es internacional y un estudiante que manejaba el inglés nos contó sus peripecias. Eran sirios y las pocas fotos que conservaban en sus móviles destrozados insultaban nuestras cabezas. Imposible asimilar su relato frente a esa normalidad.

     Los niños miraban asombrados la cámara y tras unos segundos de duda, se dispusieron a posar, robándome el corazón con cada sonrisa y con cada paso de sus pies descalzos. Y de entre ellos, ella. 

     Tendría unos ocho o nueve años y cada vez que mi objetivo se fijaba en sus ojos oscuros, ella huía y se escondía con las mujeres tras la puerta o alguno de los muros de las ruinas. A nuestro encuentro habían salido los hombres, que superaron su azogue al ver que sólo éramos dos mujeres. Y en nuestro arma, la cámara, intuyeron una oportunidad para su salida. Mientras les dábamos palique y les animábamos a que nos contaran, no la perdí de vista. 

Terminamos de grabar con el compromiso de acercar en el coche a la ciudad a dos de ellos, que se podrían hacer pasar como parte de nuestro equipo, el traductor y su joven hermano, aun menor. 

Mientras comentábamos cómo lo haríamos para pasar desapercibidos, enseñándoles a llevar el trípode y la cámara y revisando su aspecto para occidentalizarlo lo más posible, la niña poco a poco se adelantó. La cámara ya estaba en el suelo y eso pareció darle seguridad para avanzar.  

     Llegó hasta mi y se situó a un lado, con las manos apoyadas en la boca, como si sujetara sus palabras, aunque su mirada ya le había delatado por la manera en que vagaba, solo fija cuando de una traducción se trataba. Yo sabía que no entendía nada de lo que allí se hablaba, pero también intuía en su actitud de espera que algo reclamaba. Así fue y de inmediato, en cuanto el círculo que había formado la conversación se comenzó a deshacer, una manita bajo veloz a la vez que yo me agachaba para coger la cámara y se soldó a mi mano un segundo antes de que la alcanzara. Su tacto ralentizó mi movimiento y la sorpresa me enderezo de nuevo y me hizo mirarla. Posó en mí su otra mano a la vez que yo en ella mi mirada, envolví sus manos en las mías y le ofrecí una sonrisa. Respondió con otra que duró un instante y yo volví a bajar mi expresión fracasada con la urgencia de encontrar un hilo que consiguiera fijarla. Sin darme tiempo a hacerlo, ella comenzó a agitar el nudo que ya formaban nuestras extremidades para buscar mi atención. Cuando lo consiguió, desenredó sus dedos de los míos suavemente y con una mirada imantada colocó despacio ambas palmas juntas debajo de su barbilla en unos segundos eternos, abanicando con sus párpados la plegaria mientras de sus labios escapó un susurro casi imperceptible -water, please-. En el acto me noté toda entera inundada. 

     Agua y comida. No era algo nuevo sino más bien una súplica constante, una sed interminable que ahogaba nuestras emociones pero a la vez las motorizaba. Gente despojada pero viva. Gente normal. Pero es que existe otra qué no coma ni beba? El concepto normal está en continua revisión en todos los lugares de la tierra. eso es lo primero que hay que saber. Y admitir, para quitarse el impermeable. E intentar entender. Y nunca conseguirlo. Y por eso, seguir.

     No llevaba nada encima y ya el tiempo apremiaba. Era peligroso continuar allí, nuestra presencia era una amenaza para su seguridad, y la perspectiva de sacar a dos nos había puesto nerviosas. Mientras mi compañera ultimaba los detalles de la expedición, yo buscaba agobiada una respuesta para la niña. No la encontré. No podía calmar su sed. Pero mentí, aunque en ese momento aún no lo sabía. En cuanto pueda te traeré agua, luego, más tarde o mañana. Se lo dije con vehemencia, insistiendo en cada palabra, gestualizando con énfasis hasta que su sonrisa me contestó. Luego le abracé, le comí a besos mientras sus grititos se mezclaban con el resto de risotadas y conseguí liberarme de sus manos que seguían buscando las mías. Con una cogí la cámara y se la entregué al hermano mayor. Con la otra me fui saludando y tirando besos, mientras que renovaba mi compromiso. La niña entre los niños asentía feliz. Al llegar al coche y arrancar deprisa, aparté de mi cabeza la promesa, a otra cosa, mariposa. Prioridades, llegar, dejarles, montar, emitir. No parar. Pero después siempre llega la noche. Y la evidencia. Yo le había mentido. Era una promesa rota. 

     Al día siguiente ya teníamos tarea por delante pero aún sabiendo de la dificultad, les comenté a mis compañeras en el desayuno que había prometido llevarle agua a una niña. Ibamos a brujulear por esa franja, continuábamos con las mafias que hacen su agosto particular con los refugiados, rapiñándoles sus últimas reservas. Con impunidad absoluta. 
     Como ya habíamos peinado la zona y no convenía que reconocieran nuestro coche, lo primero que hicimos fue cambiarlo en la empresa de alquiler. Se notaba al primer vistazo que las circunstancias iban cambiando sutilmente y lo que días atrás eran riadas de refugiados plagando las cunetas, ya eran sólo sombras entre los árboles. Nadie quería dejar su huella en Hungría y menos pasar por un campo de refugiados de futuro incierto. Sólo pensaban en su paraíso particular, la meta de su viaje y de su futuro. Y se llamaba Alemania. Fue otra mañana de trasiego, de detalles, de gritar “press” a través de la valla, a ver si alguna sombra se animaba a acercarse. De replicar “police” cuando veíamos que estos se acercaban, que no fuera por nuestra culpa, pensaba, mientras dentro de mi poco a poco el agua y la niña se alejaban. Su sitio lo ocupaban Amed y sus amigos, o una familia con más críos que brazos para portarlos, crío sobre crío, o una silla de ruedas que machacaba cada travesaño de la vía tanto como los brazos del exhausto joven que la empujaba.

     Decidimos tomarnos unos minutos después de comer para descansar y organizar un poco las ideas. A mi de nuevo me pasó la misma por la cabeza, coger el coche, llenarlo de agua y acercársela, pero el realismo de Pilar, mi compañera, apaciguó mis ansias. No sólo era peligroso para ellos y nosotras, también era probable que fuera una apuesta estéril, pues la oscuridad de la noche con suerte les habría alejado de la frontera hacia el interior. Era lo más apropiado y me consoló pensar que eso es lo que había pasado. 


     

En unos segundos todo se precipitó y el cierre de frontera anunciado para las doce de la noche comenzó alrededor de las cuatro, cuando una máquina de tren taponó las vías y le hizo el trabajo final a la valla. El paso estaba cerrado y la autopista humana era ya una vía muerta. Las lágrimas desesperadas de las familias que no llegaron a tiempo hubieran bastado para dar de beber a toda la humanidad de haber sido agua. Ni siquiera ya me entristecía, no me dejaba la indignación. Una línea imaginaria recién trazada marcaba la diferencia entre la vida y la nada. Y en el lado de la vida no te puedes permitir llorar. Sólo grabar y grabar intentando no dejar sin registrar nada. Me sentía responsable de la mirada. Y de intentar que las lágrimas cayeran también del otro lado, donde hay tantos trenes como estaciones, donde los pasajeros ni siquiera saben que lo son, donde los grifos se abren para quien no pide agua. 

     Dejo correr los campos en la ventanilla y quedan Alicante, Salou y Röszke atrás. El traqueteo mece el asiento y me hipnotiza. Mi mirada pasiva se deja hacer, juega a subir y bajar por los relieves, a extasiarse con la gama de verdes y amarillos, a perderse por los caminos, a inventar las vidas que encierra una casa cualquiera de esas que salpican el trayecto. Me gusta el tren. Su silencio, su confianza, su recorrido, el matiz distinto que da a los paisajes, sus ángulos insólitos y desconocidos, más para ojos hechos a la carretera, impregnados de movimientos constantes y caóticos. Su movimiento lineal y uniforme, sus inacabadas curvas, sus caminos alternativos, su apego a la tierra. La calma me hace entrecerrar los ojos, aunque no quiero, me gusta este duermevela, ya miro sin ver, ya solo me dejo acariciar los sentidos. Esos mismos que me pierden, que me acosan, que me animan a cerrarlos y soñar, a inventar nuevos caminos, los que quiera, en el constante viaje a ninguna parte que es la vida.

     Me abandono y me rindo. Cierro los ojos y me monto en la aventura, donde todo es posible, porque el caos es también un trayecto mágico e interminable y abarroto con las imágenes de mi cabeza las ventanillas. Coloco el andén a mi antojo. Es mi tren, fugaz aunque infinito y hago con él lo que quiero. Aunque a menudo me sienta su único pasajero. Pero ya sé que no lo soy. Sentada a mi lado ya irá siempre una niña.

LA CUARTA SILLA 


          Hace unos meses, una conversación con mi madre me enseñó un anzuelo perfecto que no dudé en tragar. 

          Mi madre vuelve del centro de mayores como los niños del colegio. Se le amontonan las anécdotas del día, salta a través de los detalles de unos compañeros a otros, llenándome la cabeza de nombres. Cuando protesto y digo que no le sigo, añade una coletilla a cada uno, dándoles un perfil y convirtiéndoles en personajes de su particular serie diaria, personajes con sinopsis a cuestas, con apellido de por vida. Así, está la que monta escándalos porqué sólo quiere agua y no quiere comer, la que odia al yerno, el que dice que sus hijos le quitan la pensión, el que baila en todos los saraos y hace poco que se quedó viudo o el matrimonio extremeño que no para de discutir.

          Y también Dora, viuda desde los treinta. Y Rafa, en el centro de día mientras su mujer se consume en el piso de arriba, en asistidos, absolutamente senil y prácticamente vegetal. Sube a verla y baja hecho polvo. Media hora de soledad, de meditación, de digestión diaria del amargo bocado, y luego, cuando ya consigue fijar en su cara una sonrisa, a saludar uno por uno a todos y una vez pasada revista, a jugar a las cartas con el puñado de compañeros que todavía se acuerda de qué era eso. Y a discutir como niños hasta la hora de comer. Entre tanto, el fisio del centro no ha parado, el médico también se ha dado un paseo por los pupitres donde algunas de las mujeres se afanan en colorear, buscando colgar su obra en la exposición de final de curso. La rivalidad es inmensa, algo salvaje, hasta se esconden las pinturas y se acusan unas a otras. -como en plástica!!! – exclama mi hija Lucía. Y su exclamación me sumerge en una densa tristeza.

          El sitio para comer es sagrado. Las mesas son de cuatro y la titularidad de las sillas es de carácter vitalicio con todo el rigor del término. Y también la crueldad.

          Mi madre comparte mantel con Martín, viejo muy guerrero que perdió su última batalla en la fiesta de fin de verano, que no le gustó nada, en la que se quedó con hambre y sintió la ofensa de la humanidad en pleno, prometiendo no volver a hablar y llevándolo a cabo a rajatabla, con el consiguiente regocijo del resto, que ya estaban hartos de sus continuos números y de su bronco tono de voz.

          La tercera silla de la mesa de mi madre es para Dora. Enviudó joven pero ya tenía labor para toda la vida. Lo viví todo junto, solía decir. Treshijosquesacaradelante hartitadetrabajar. Y así fue su vida, sin nada que pensar, sin tiempo que perder y cuando lo tuvo, no supo que hacer con él, siempre tan discreta. Tan discreta que no quiso molestar ni un solo día a sus hijos, cuando sintió que su casa ya no era su casa, ya no era su nido porque ya no había polluelos, sólo dos hombres hechos y derechos y una mujer en la que durante un segundo se reconoció, su hija, y comprendió que en sus manos estaba condenarla a su propia vida, llena de cuidados pero ni un minuto vivida. Y alentó su huida al tiempo que planeaba la suya. Gestionó de manera clandestina sus papeles y cuando su hija se marchó fuera a trabajar, -porque es una eminencia en lo suyo y se puede colocar en países por ahí, la ponen hasta casa!- dice con veneración mi madre, ella se busco la obligación del centro, la llamaron nada más abrirlo y ocupó rauda su plaza, y que sus hijos se entiendan solos, -que tienen ya una edad, y son seres desconocidos, herméticos, distantes, porque sin obligaciones no sé vivir, sabe usted, y la comida ya la he hecho muchos años y ahora ya nadie viene a comer- comentario/disculpa que acompaña su rubor al sentarse a mesa puesta, cuando toda la vida las ha servido.

          La cuarta silla es para Rafa. 

          Rafa parece un señor, es un señor. Tiene modales y viene de familia de postín. -No lo ha contado pero no hace falta, se ve-. Rafa, tan simpático, tan atento, tan educado. Rafa, hecho ternura cuando habla de su mujer. Rafa, que pone paz y después gloria, mucha gloria. Rafa, que ha conseguido que la hora de comer sea lo único que le importe a Dora, que marque sus días, que arruine sus fines de semana porque no está él. Y ella ya no se acordaba de la cantidad de cosas que se pueden sentir, esperar, soñar entre los vapores de un buen plato de sopa. Muy caliente para tardar mucho en comer. Para templar el cuerpo. Porque es lo que la pasa, que se templa, que me templo, mire usted. Todo esto le dijo a mi madre el otro día, cuando Rafa no fue, cuando se oyó por allí que estaba enfermo. Y después le confesó que su vida no tendría sentido si la cuarta silla acogía a otro comensal. Su angustia me angustió. Y atraqué a mi madre con preguntas. Rafa no había ido en toda la semana. Y Dora, que no preguntaba, siempre discreta, comía contemplando su silla vacía. -Menudo plan! Yo hablando tonterías por distraernos y ninguno dice ni mú. Esta semana hemos acabado todos los días los primeros y siempre hacíamos sobremesa. Desde el lunes no viene…-

          No sé en que momento mi cabeza empezó a ir más allá de sus palabras.

          Al principio del verano fui a la residencia con motivo de la fiesta de la familia. Me llevé a las niñas para satisfacción de mi madre, que no paró de exhibirlas. Leyre recuerda horrorizada ese día, la fijación de la abuela por presentarla a todos sus amigos, los besos húmedos de estos, su afán por agarrarla, sus comentarios… Lucía sin embargo, no ve el momento de volver a desplegar todos sus encantos en el cole de la abuela, donde fue reina por un día.

          Ese día conocí a Dora, que compartió mesa con nosotras en la barbacoa que hicieron en el jardín, y me llamó la atención la dulzura con la que hablaba a las niñas. La misma que mostraba a mi madre que, nerviosa, no paró de hablar en toda la comida, detallando hasta los detalles y buscando al final de cada explicación su asentimiento. 

          También recuerdo vagamente a Martín, más exáctamente el runrún desagradable de su voz, que asustó en la distancia a Lucia y dió pie a una primera y somera descripción de su carácter y sus manías. – Hay viejos muy pestes!- dijo mi madre, como de costumbre unas treinta mil veces, intentando esquivar su pertenencia a ese contexto, hablando desde fuera, convirtiéndose por arte de magia en alguien ajeno a la vejez.

          A Rafa no le vi. Comió en el pabellón de asistidos, donde reside su mujer. Comentaron lo mal que le sentaba el calor a su extenuado cuerpo, llenándole de heridas y la regularidad con que él comprobaba sus gasas, nada más llegar y antes de irse. -No te creas que no tiene bastante, verla así- 

          Al lunes siguiente, y después de sorprenderme varias veces durante el día pensando en Rafa, el único que no tiene rostro, e imaginando la angustia de Dora, llamé más pronto que de costumbre a mi madre, y, esperándome la peor de las respuestas, uní al saludo un qué sabes de Rafa? -Viene en un par de días, ha estado jorobao- contestó mi madre y cambió de tema con la misma facilidad que la réplica de un diputado o el capricho de un niño. 

          Incomprensiblemente su respuesta y su actitud me enfadó mucho. Colgué el teléfono y pensé qué bruta! 

          Luego comprendí que ella convive con esa posibilidad, que a diario ve sillas vacías y que cuando dice adiós, nunca sabe cuánto hay de verdad. Y tienen que ser niños de ochenta años para poderlo llevar. La importancia del momento, la vida es hoy.

EL ABRAZO


           El martes mientras esperaba a Rivera fue la primera vez que vi con mis ojos El abrazo. Me impactó. Más exactamente fue la emoción que sentí al mirar y reconocerlo sin esperármelo la que me subió como inyectada. Sabía que estaba por allí pero no dónde. Ya sé que es un símbolo, pero ese concepto, aunque lo conozco y lo manejo, rara vez me alcanza. Me gustó la noticia de que lo recuperarán de un sótano y lo expusieran en un sitio donde sí es un reconocimiento a una generación que dinamizó la calle, que es a donde dan todas las puertas. A partir de ahí se abren. 

           Abrazo es una palabra preciosa, que envuelve, que me inclina hacia delante al decirla o al mandarla. Pero eso ocurre hasta que cierro los ojos, y le doy vueltas a la última idea del día, o a la que me reconcome. Entonces y con suerte, me voy poco a poco a esa dimensión en la que todo puede cambiar. Soñar es agitar la realidad y recolocarla a nuestro gusto. Creo que olvidamos los sueños para poder soportar la realidad o dormiríamos infinitamente si cada mañana se desvaneciera ese mundo ideal donde no hay otra cosa que alma o corazón o como se quiera llamar. Se me hace difícil describirlo porque apenas es un recuerdo borroso, escurridizo y roto en pedazos, en imágenes, pero que flota aún por dentro, que da margen para disfrutar y seguir.

         Yo he soñado muchas veces con un abrazo. Muchas que recuerde, luego es seguro que habrán sido más. Cambia la situación, las palabras, la invitación o la provocación que lo desata. Pero los brazos, siempre los mismos brazos, no cambian. Me rodean y me guardan. Me acurruco en ellos, apretando la nariz en el cuello, en su principio, en su olor.

         Ayer cuando me desperté me costó salir del sueño. Fue de esas veces que no es que me acuerde, es que abro los ojos y todavía estoy allí, lo extraño es lo que veo, tardó en comprender mientras aún noto el tacto, el calor, el deseo. Entonces, al situarme y entender con frustración que era un sueño, la columna se me endereza, me pongo rígida, vuelvo a ser yo, la que soporta mal que la toquen. Escalofrío y repelús, todo batido en la piel y en la cabeza. Pero una cosa nueva, algo diferente me pasó al salir al día. No me zafé ni quité sus manos de mis hombros, ni las mías de su espalda. Eran mis brazos los que abrazaban. No fue escabullirme, fue dejar de rodearle. Era un abrazo mío y era yo quien daba el calor. Noto que me agrando. Y me gusta.

          Cuando llegué al congreso bajé a ver otra vez el cuadro. Y ya le hice una foto del interior. Me gustan todos sus abrazos. Los que son invitación y los que son apretados. Los que se esperan y los que se dan. Y los que en la vida te salen al encuentro. Que no son tantos. 

         Ahora, contándolo, se me relaja la armadura, que no es nada fácil y voluntariamente no sé hacerlo, no me sale. Y también la imaginación. Y no quiero pensar que si me vale un sueño, si es asaltar los cielos, cómo serán nuevos abrazos que vengan con los ojos abiertos. 

         Tenía más palabras que abrazar aquí. Pero las lágrimas que noto que suben van a poner el punto por mi, ese que siempre me cuesta. Tengo cosas que hacer, tengo que secarlas antes de que salgan

Un abrazo